miércoles, 14 de marzo de 2012

Brote 04: Provisiones

Abro los ojos. Me he quedado frita en el sofá con los apuntes de clase en el regazo. Miro el reloj. Las doce y pico del mediodía. Me desperezo y decido que ya está bien de holgazanear. Me quito el pijama, me pongo algo de ropa calentita y vuelvo a hacer café. Abro la nevera para saber qué tengo que comprar. Hoy es dia de súper. Y de repente, oigo una vocecita interior que me dice "compra provisiones". ¿Provisiones? ¿Para qué coño necesito provisio...? JODER. Ahora me viene todo a la cabeza de nuevo. Por un momento pienso si no habrá sido todo un sueño. Me lanzo a la ventana. Ni sangre, ni Vecina Siniestra ni nada de nada. A ver si resulta que lo he soñado... Uhm. Seguro que lo he soñado, vaya, ni que esto fuera The walking dead. Total, que me pongo a hacer la lista de la compra, cojo un par de bolsas de plástico, las meto en mi mochila y salgo a la calle.

Hoy casi casi no hay nubes. Ni mucho viento. Pero la nieve, arrinconada en las calles, sigue estando al nivel de mi cintura. El súper del barrio no me queda lejos, a menos de cinco minutos de casa. Antes de entrar, me fijo en un helicóptero que pasa cerca del centro de la ciudad. Parece militar. En Lahti hay una base del ejército, por lo que siempre puedes ver a chavales que están haciendo la mili arriba y abajo. Los primeros días se me hacía raro ver a tanta gente de uniforme por la calle, pero ya me he acostumbrado.

Estoy en la caja. Aquí no hay nadie. No es que sea algo raro, aquí las cajeras siempre están reponiendo o haciendo vete tú a saber qué en el almacén. Pero esta vez, la chica está tardando lo suyo. Y me pone incómoda. Quiero decir, nunca he sabido muy bien si lo hacen adrede para ver si alguien se hiría sin pagar o qué. Toso falsamente, para ver si alguien viene a atenderme. Pero después de estar como unos diez minutos de pie haciendo todo tipo de ruidos, me planteo seriamente que estoy sola en la tienda. Un cosquilleo recorre mi espalda de golpe. Miro a todas partes, no vaya a ser una broma de cámara oculta. Pero no. Por un momento, pienso en irme sin pagar, pero me da cosa. Al fin y al cabo, aún no soy residente oficial en el país y no quiero que por algo así me deporten. Así que cojo un boli y un trozo de factura olvidada y escribo que me llevo comida sin pagar porque aquí no había nadie para cobrarme. Suena mal, en inglés suena peor, pero es todo lo que se me ocurre. Paso de volver más tarde, ahora que lo tengo todo aquí, y para qué engañarnos, la idea de llevármelo por la cara, me tienta un poquitín. Lo empaqueto todo, vuelvo a mirar que no haya nadie en la tienda y me voy. Nada más salir de la tienda, me doy cuenta de que tampoco hay nadie por la calle. Sigo andando, cargada como una mula, me giro cada dos por tres para ver si alguien me persigue. La paranoia no me deja ver que tampoco circula ningún vehículo. Y eso sí que es muy raro. Cuando me quedan unos cinco metros para llegar a mi portería, el suelo tiembla, suena una explosión y caigo de rodillas. Me cago viva. ¿Me han disparado? Sin pensar, me pongo de pie de un salto y corro hacía mi portería. No miro atrás. No tengo valor. Subo las escaleras, tropezando un par de veces con las bolsas que llevo en las manos. Entro en casa.

domingo, 11 de marzo de 2012

Brote 03: Para

Pensaba que se trataba de un caso de violencia doméstica. O de algún hippie colgao. Asocié, en un primer momento, el PUM con un tiro, y más al ver el agujero en Vecina Siniestra. El tipo dispara a su mujer y se hace a la calle, loco perdido. La mujer, milagrosamente no muere en el acto y sale a buscar ayuda. Yo le cierro la puerta en los morros y ella, en la calle, se acerca a una patrulla para pedir ayuda. Un policía la mata sin razón aparente. El poli se larga y sus compañeros intentan darle caza. Eso es lo que ha pasado. Pero hay algo que no me cuadra. Enciendo la tele, busco en internet alguna noticia, algo que me tranquilice un poco. Pero no encuentro nada. Tampoco me extraña, no ha pasado ni una hora desde que vi a mi vecino en la calle. Hago más café. Mi pierna derecha se mueve de arriba a abajo, inquieta, mientras me quedo empanada mirando a la pared, sentada en la mesa de la cocina. Vuelvo a llamar a Teemu. Apagado. ¿Tendría que ir a buscarle? O mejor me quedo aquí, que fuera hace mucho frío. Joder, es que según la Guía de Supervivencia Zombi, esto podría tratarse de un Brote de Clase 1. Y algo hace click. Han matado a una mujer. HUMANA. No a un monstruo de serie B. Esa pobre mujer sigue muerta y tirada en la nieve, no se va a levantar de entre los muertos ni nada por el estilo...¿verdad? Me levanto y me dirijo a la ventana. Vecina Siniestra NO ESTÁ. ¡NO ESTÁ EN SU SITIO!

Mierda. Mi cerebro desbocado ya imagina hecatombes, gules y cazavampiros, mientras me empieza a correr un sudor frío por la espalda. El poco cerebro racional que me queda me dice que me calme, que el cuerpo no está ahí porque ya lo han retirado. Pero no hay rastro de ningún vehículo oficial, ni nada por el estilo. Para. Párate a pensar de verdad. Que con la mente imaginativa y fresca que tengo, solo falta que me lo pongan a huevo. Aléjate de la ventana y concéntrate en tus cosas. Esto no va contigo. Será un capítulo de sucesos en las noticias y nada más. Ni zombis, ni pollas. Así que intento no darle más vueltas, corro las cortinas, me tomo otra taza de café y me pongo a repasar vocabulario finlandés.

sábado, 10 de marzo de 2012

Brote 02: Pistolas

La nieve ejerce de potente reflectante. Aunque haya poca luz, puedes ver más o menos bien. Y ahora, con esta luz mañanera desperezándose, toda la calle parece fluorescente. Excepto la sangre. Un líquido granate, oscuro, que se hunde en la nieve acumulada. El hombre no tendrá más de treinta años. Parece desorientado. De su brazo izquierdo van cayendo gotas de sangre, a un ritmo regular. Cruza la calle sin pararse a mirar. Un tractor quitanieve se para en seco para dejarle pasar. Él sigue andando, como si nada. Algunas mujeres que andaban por la calle se han parado al verle y una de ellas está llamando a alguien por teléfono. Otra se acerca al hombre y parece que le dice algo. Él se para y mira a la mujer. Y entonces, como en una peli de Romero, se le tira al cuello. Yo pego tal bote que me derramo el café por encima y casi ni lo noto. ¡Ostias! Voy a por una bayeta, ya que el parquet no puede mojarse. Levanto la vista de nuevo hacia la ventana y joder, hay un rastro de sangre que se aleja y nada más. La puerta del tractor está abierta y no hay nadie dentro. Las mujeres han desaparecido y el hombre ensangrentado también. Sólo queda un rastro irregular de sangre en la nieve que se pierde detrás de una esquina. Me froto los ojos. Estoy flipando. O soñando. Miro el reloj. Las nueve de la mañana. Demasiado pronto para el rock'n'roll. Vuelvo a mirar a la calle. Mismo reguero de sangre. ¿Qué hago? ¿Hago algo? ¿Llamo a la policía? La comisaría está en mi misma calle, dos números más arriba. Vuelvo a oir ruidos en el piso de al lado. Presto atención. Alguien está pegando gritos. Una mujer. Ahora golpea las paredes. Oigo como abre la puerta de su casa, que está pegada a la mía. Corro hacia la puerta y hago el gesto inconsciente de mirar por la mirilla. Pero aquí las mirillas no están de moda. ¡Jodidos finlandeses! ¿Y ahora qué? ¿Abro la puerta para saciar mi curiosidad mórbida? ¿No la abro por miedo a que una lunática me arranque la carótida? Pero qué colgada soy. Qué lunática ni qué carótida ni qué niña muerta. Ni que esto fuera el Apocalipsis Z. Seguramente, esa mujer, mi vecina al fin y al cabo, necesita ayuda de algún tipo. Así que abro la puerta. Hacia fuera, como todas las puertas en Finlandia. Raro, ¿verdad? La abro poquito a poco, mirando a ver si veo algo. La luz de la escalera está encendida y mi vecina está de espaldas a mi. Tiene un agujero del tamaño de una canica a la altura del pulmón izquierdo. Sé poco de medicina, pero diría que con una herida así, nadie podría mantenerse de pie. Así que cagada de miedo, decido cerrar la puerta, intentando no hacer ruido. Pero ella se gira. Y me mira. Y me quedo tiesa. Tiene una mirada vacía, ojos secos, sin luz. Reacciono. Cierro la puerta. Me aparto de la puerta como si diera corriente. Oigo como Vecina Siniestra baja las escaleras y ahí la pierdo, ya está demasiado lejos como para escuchar nada. Me caigo de culo. No me lo puedo creer. ¿Qué está pasando? Llamo a Teemu. Apagado. Mierda. No sale de clase hasta las seis de la tarde. Me asomo a la ventana. Vecina Siniestra está cruzando la calle. Hay una patrulla de policía unos metros más allá, justo al lado del rastro de sangre. Hoy estamos a -9ºC pero Vecina Siniestra va en pijama de verano y descalza. Debe tener los pezones como para cortar diamante. La pareja de polis le dan el alto. Ella no reacciona y sigue andando hacia ellos. Uno se pone la mano en la pistola, el otro se acerca a ella. Parece ser que se han dado cuenta de que está herida y el Pistolas relaja el gesto. De repente, Pistolas saca su arma y apunta a Siniestra y sin más, le pega dos tiros a bocajarro. Los disparos resuenan como si fueran bombas. Ella cae de espaldas, como un saco. Un charquito minúsculo de sangre aparece bajo ella. Pistolas sale corriendo, mientras su compañero comunica algo por radio y sale detrás de él, tratando de pararle. Estoy temblando. Vaya movida. De comisaría salen un par de furgones, con las sirenas a todo trapo, y desaparecen calle abajo. Me he quedado alelada. Aquí está pasando algo muy gordo.