Acabo de vivir la experiencia más rara de mi vida. Puedo afirmar, sin ningún tipo de duda, que aquí está pasando algo que saldrá en los periódicos, si es que alguna vez se vuelve a imprimir alguno.
Después de haber llenado de agua potable todas las botellas vacías que tenía por casa (y maldecir por no tener una bañera), decidí ir a buscar a Teemu. Muy fácil en la teoría, muy difícil en la práctica. Ha pasado más de un día desde que se fué a la universidad, así que podría estar en cualquier parte. Pero no sé por qué sentía el impulso de ir a su facultad a buscarle. Al menos quedaba cerca de mi escuela, así que podría pasarme a ver si alguien tenía idea de qué demonios estaba pasando. También tenía pensado pasar por el centro de la ciudad, a ver cómo estaban las cosas por allí. Aunque antes me pasaría por la comisaria. Así que metí en una mochila una botella de agua, un pequeño botiquín compuesto por unas pocas gasas, tijeras, yodo y ibuprofenos, mis guantes gordos, mi móvil (con la mitad de la batería disponible y bajando) y las llaves de casa. Me abrigué bien, ya que estabamos a -17ºC y iba a andar bastante rato. Cuando ya estaba saliendo de casa, me dio por llevarme el stick de floorball conmigo. Por precaución, me susurró una voz de la parte derecha de mi cabeza. Ya en el descansillo, pegué la oreja en la puerta de Vecina Siniestra. Nada. Mejor.
En la calle no se oía nada. Sólo el crujir de mis pasos por la nieve. El nivel de nieve acumulada sin limpiar de las calles alcanzaba unos diez centímetros. Ni una marca en ellas. Un desierto de dunas blancas. La calzada estaba impoluta, ningún vehículo había circulado por allí, o habrían dejado huella. El aire olía a sequedad helada, se me hacía difícil respirar con normalidad. Llegué a la comisaria, o a lo que quedaba de ella. El edificio se desparramaba por más de media calle, obstruyéndola por la parte oeste. Los cascotes se amontonaban caóticos. Dudé en alzar la voz, preguntar si allí había alguien. Me estremecí. Debía haber venido antes, con estas temperaturas, quienquiera que hubiera en la comisaría, si no murió en la explosión, no habría sobrevivido una noche a la intemperie. Sentí un calambrazo por toda mi espalda. Estaba delante de una tumba gigante. Retrocedí sin pensar y emprendí el camino hacia la universidad, azorada por los sentimientos de culpa. No era fácil caminar por la nieve virgen, sin saber muy bien por donde se pisaba.
En la facultad de Teemu no encontré nada bueno. Estaba desierta. No eran más de las doce del mediodía, debería estar rebosante de alumnos de aquí para allá. En el hall de entrada encontré muchos diarios tirados por el suelo, pero nada más. Visité la cantina, en la que había comido bastantes veces con Teemu y donde cabían cientos de estudiantes. No había nadie. La fecha del menú del dia era de un par de días antes. ¿Qué estaba pasando? ¿Donde estaba todo el mundo? El silencio me estaba volviendo loca. Me parecía oir ruidos inexistentes o vocecillas por los pasillos. Pero la verdad es que en ese inmenso edificio, no había nadie. Llamé a Teemu con la esperanza de escuchar su melodía de llamada en alguna parte del edificio, pero no pasó nada. Un mensaje en finés y en inglés me hacía saber que era imposible comunicarse con el usuario de esa línea. Genial. Con el alma en los pies, me fuí al centro de la ciudad, donde esperaba encontrarle un sentido a todo esto.
domingo, 13 de enero de 2013
viernes, 4 de enero de 2013
Brote 08: El viaje a ninguna parte
Han pasado más de veinticuatro horas desde que empezaron a ocurrir cosas extrañas a mi alrededor. Veinticuatro horas sin ver a ningún ser humano.
Cuando volví a casa, sudorosa y asustada por mi visita a casa de Vecina Siniestra, decidí apostarme al lado de la ventana de la cocina, en busca de cualquier señal de vida humana. Decidí que subir a la terraza de mi edificio no era lo más conveniente a esas horas de la noche (y la verdad es que con lo cagada que estaba en ese instante, no habría sido capaz ni de pegar ojo con las luces encendidas). Revisé una por una todas las ventanas de los edificios vecinos, buscando luz, movimiento, alguna señal de que no estaba sola. Miré en las pizzerias que abrían hasta tarde y que llenaban la calle de enfrente. Por último, utilicé el zoom de mi cámara de fotos para poder examinar las ruinas de la comisaria, cada vez más cubierta de nieve. Todo fué inútil. Hice un par de fotos del estado de la calle para convencerme de que todo aquello era real. Después de eso, me lavé los dientes, llamé una vez más a Teemu y caí rendida en la cama tras un día totalmente aterrador.
Hoy me he levantado a eso de las nueve de la mañana, inquieta. He pegado mi oreja a la pared, intentando escuchar algo del maldito piso de al lado. Nada. Al ir a mear me he dado cuenta de que la luz no funciona. Y no se me han fundido los plomos. Me he asomado a la ventana y los semáforos no funcionan. Tampoco están iluminados los rótulos rojos de las tiendas erótico-festivas. ¿No os había comentado que vivo en la zona de thai massage de Lahti? Si ha caído el sistema eléctrico, la cosa (sea lo que sea) se complica bastante. Estamos en pleno enero en Finlandia, con temperaturas diarias de -15ºC. de media. Adiós calefacción, adiós platos calientes (mi cocina es eléctrica), adiós nevera, adiós televisión, radio e internet y pronto, muy pronto, adiós baterias de móvil, cámara y portátil. El siglo XIX me da la bienvenida. Por suerte, aún tengo agua corriente. Voy a llenar todas las botellas vacías que encuentre. Por si acaso. También saco la mochila más grande que encuentro del armario. Es de Teemu, de cuando se va a jugar a floorball. No sé nada de él. Estoy muy preocupada. Pero he decidido no estarlo más.
Voy a salir a buscarle. A él, y a todos los jodidos habitantes de la ciudad, de los cuales no queda ni rastro.
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