Aún recuerdo la cara de Bea, en pelota picada en medio del comedor, asustada perdida por mis gritos. Acababa de tirar mis tres dedos disecados al fuego, me sentía pletórica, podíamos marcharnos en un par de días, la aventura continuaba, volvíamos a casa. Nuestro plan era llegar a la capital, averiguar qué estaba pasando y a poder ser, salir del país ya fuera por mar, tierra o aire. Bea había encontrado un tractor quitanieve de dimensiones gigantescas pero con una cabina minúscula en la que tendríamos que viajar apretujadas. Había conseguido colgar nuestro equipo en dos petates en la parte trasera, junto a un par de bidones de combustible que había encontrado junto al tractor, en un granero cercano.
La nieve caía de forma suave bajo un cielo invariablemente gris cuando partimos hacia Helsinki. Me encaramé tambaleante a la cabina del tractor amarillo y me senté en la pequeña silla plegable de acompañante. Ni parecía cómoda, ni lo era. Bea estaba al volante, controlando todos esos botones que no hacían más que recordarme al panel de control del Enterprise. Cómo había conseguido arrancarlo y traerlo hasta el patio trasero ya era suficiente misterio para mi, como para intentar conducir a ése bicho. Nuestras rodillas se tocaban. El motor traqueteaba, a la espera de ponernos en marcha. Con ese robusto Valtra, las posibilidades de quedarnos tiradas por el camino parecían nimias. Comprobé una vez más que nuestros M95 estaban asegurados y los aparqué detrás del asiento de Bea. Puse la pequeña bolsita de víveres para el viaje (agua, chocolate y un par de bocadillos) detrás de mis pies. Moví mi pie derecho dentro de la bota. Desde que perdí los tres dedos, caminaba de una forma extraña. El equilibrio se había resentido un poco, sobre todo al ir descalza. Por suerte, Bea me había hecho un melocotón de amigurumi, lleno de amor y cariño, para que fuera mis dedos desaparecidos. Era muy práctico, ya que permitía que mi pie no se perdiera dentro de las botas. Y además era adorable y calentito. Bea, menuda artista. La miro. Sonríe. Estamos listas, nos vamos. Miro por el retrovisor una última vez. Adiós Teemu. No puedo negar un nudo en la boca del estómago. Una nota que nunca llegaría a leer yacía en su almohada. Adiós Teemu.