domingo, 7 de febrero de 2016

Brote 34: V

Castillo de Mir, provincia de Goradnia, al sudoeste de Bielorrusia.

No era extraño que de vez en cuando nos cruzásemos por los pasillos. Miradas más o menos furtivas me recorrían de arriba a abajo y yo apretaba el paso. La vida en el castillo era dura, fría y peligrosa. Varios grupúsculos se habían apoderado de las diferentes alas del complejo y la convivencia era tensa. Aunque el pétreo edificio ofrecía refugio y magnífica resistencia contra los pútridos, yo sólo contaba las horas para largarme. La primavera había llegado por fin y aunque la semana de descanso le había sentado fenomenal a mi cuerpo, una gran mosca revoloteaba tras mi oreja. Bea no paraba de susurrar ¡Peligro, peligro! y las grandes y oscuras salas en las que el silencio rebotaba no presagiaban nada bueno. Así que cuando en medio de la noche dos tipos tiraron mi puerta abajo, sabía exactamente qué querían de mi.