Abro los ojos. Me he quedado frita en el sofá con los apuntes de clase en el regazo. Miro el reloj. Las doce y pico del mediodía. Me desperezo y decido que ya está bien de holgazanear. Me quito el pijama, me pongo algo de ropa calentita y vuelvo a hacer café. Abro la nevera para saber qué tengo que comprar. Hoy es dia de súper. Y de repente, oigo una vocecita interior que me dice "compra provisiones". ¿Provisiones? ¿Para qué coño necesito provisio...? JODER. Ahora me viene todo a la cabeza de nuevo. Por un momento pienso si no habrá sido todo un sueño. Me lanzo a la ventana. Ni sangre, ni Vecina Siniestra ni nada de nada. A ver si resulta que lo he soñado... Uhm. Seguro que lo he soñado, vaya, ni que esto fuera The walking dead. Total, que me pongo a hacer la lista de la compra, cojo un par de bolsas de plástico, las meto en mi mochila y salgo a la calle.
Hoy casi casi no hay nubes. Ni mucho viento. Pero la nieve, arrinconada en las calles, sigue estando al nivel de mi cintura. El súper del barrio no me queda lejos, a menos de cinco minutos de casa. Antes de entrar, me fijo en un helicóptero que pasa cerca del centro de la ciudad. Parece militar. En Lahti hay una base del ejército, por lo que siempre puedes ver a chavales que están haciendo la mili arriba y abajo. Los primeros días se me hacía raro ver a tanta gente de uniforme por la calle, pero ya me he acostumbrado.
Estoy en la caja. Aquí no hay nadie. No es que sea algo raro, aquí las cajeras siempre están reponiendo o haciendo vete tú a saber qué en el almacén. Pero esta vez, la chica está tardando lo suyo. Y me pone incómoda. Quiero decir, nunca he sabido muy bien si lo hacen adrede para ver si alguien se hiría sin pagar o qué. Toso falsamente, para ver si alguien viene a atenderme. Pero después de estar como unos diez minutos de pie haciendo todo tipo de ruidos, me planteo seriamente que estoy sola en la tienda. Un cosquilleo recorre mi espalda de golpe. Miro a todas partes, no vaya a ser una broma de cámara oculta. Pero no. Por un momento, pienso en irme sin pagar, pero me da cosa. Al fin y al cabo, aún no soy residente oficial en el país y no quiero que por algo así me deporten. Así que cojo un boli y un trozo de factura olvidada y escribo que me llevo comida sin pagar porque aquí no había nadie para cobrarme. Suena mal, en inglés suena peor, pero es todo lo que se me ocurre. Paso de volver más tarde, ahora que lo tengo todo aquí, y para qué engañarnos, la idea de llevármelo por la cara, me tienta un poquitín. Lo empaqueto todo, vuelvo a mirar que no haya nadie en la tienda y me voy. Nada más salir de la tienda, me doy cuenta de que tampoco hay nadie por la calle. Sigo andando, cargada como una mula, me giro cada dos por tres para ver si alguien me persigue. La paranoia no me deja ver que tampoco circula ningún vehículo. Y eso sí que es muy raro. Cuando me quedan unos cinco metros para llegar a mi portería, el suelo tiembla, suena una explosión y caigo de rodillas. Me cago viva. ¿Me han disparado? Sin pensar, me pongo de pie de un salto y corro hacía mi portería. No miro atrás. No tengo valor. Subo las escaleras, tropezando un par de veces con las bolsas que llevo en las manos. Entro en casa.
No hay comentarios:
Publicar un comentario