Luces que te ciegan, que deslumbran, que te señalan caminos erróneos. Luces del norte, luces que te hacen ver la vida de otro color, que crean espejismos de realidades soñadas pero no realizadas, luces que nos acarician con su calor pero que se convierten en frías sombras de lo que fueron, luces que nos conducen a rincones oscuros de nosotros mismos, donde no podemos fingir que nada ocurre, luces que no saben que en realidad son sombras, sombras que desconocen su grata iluminación sobre los demás.
Luces como llamas ardientes en medio de una nada oscura, avanzamos hacia ellas como insectos en una cálida noche de verano, sabiendo que nuestro destino es morir abrasados en un instante único de satisfacción.
¿Quién puede culparnos de querer sentir ese calor? ¿Quién podría resistirse?
Ya se sabe, a veces, es mejor arder que consumirse lentamente.

