Plaza Cataluña estaba llena hasta los topes. Era difícil caminar o incluso mantenerse firme sin ser llevado por la marea humana. Ésa masa de gente hacía parecer una lata de sardinas amplia y confortable. Era una manifestación histórica. Nunca tanta gente se había reunido con el mismo objetivo, pero la ocasión lo merecía. Nunca se había lapidado de forma tan brutal el estado del bienestar y los derechos básicos de los ciudadanos. Lentamente, pero sin tregua, el Estado había conseguido que la gente sólo pudiera quejarse y aceptar un destino siniestro e incierto. Pero aquel día, habían dicho basta. Hasta aquí hemos llegado. Familias enteras, mayores y pequeños atestaban las calles del centro de Barcelona reclamando justamente sus derechos. Los Mossos d'Esquadra no tardaron en llegar. El ambiente se cargaba por momentos. Javi esperaba en la salida del metro de Passeig de Gràcia a que llegaran sus niñas. La escena le recordaba mucho a unos cuantos años atrás, cuando se reunieron en el mismo sitio para asistir a la manifestación del No a la Guerra. Ahora, la situación había cambiado, el enemigo se había camuflado, se había trajeado, ya no era tan visible aunque fuera mil veces más mortífero. ¿Cómo cambiar un sistema entero? Como no llegase el Apocalipsis...
miércoles, 27 de febrero de 2013
Brote 17: Lo imposible
Miro a mi izquierda. Unos dos metros escasos me separan de la verja metálica del cementerio viejo. No medirá más de medio metro de altura. La nieve lo cubre todo, incluso a las diez o quince personas que están inmóviles dentro del cementerio. Al instante me doy cuenta de que son ellos. No se mueven. Están repartidos aquí y allá por todo el lugar, con capas y capas de nieve pegadas al cuerpo. Son extraños de ver. Muñecos de nieve humanos. Estatuas heladas en el jardín botánico. Bea no ha movido un músculo y se ha quedado impertérrita mirándolos. Mi curiosidad es total. Salto la pequeña verja. Bea me sigue.
-¿Qué hacemos?
-No lo sé. Quiero verlos.
-¿Qué hacemos?
-No lo sé. Quiero verlos.
martes, 26 de febrero de 2013
Brote 16: Pogo
Cuando cerraron el bar, aún tenían ganas de fiesta. Javi propuso ir a una rave que no quedaba muy lejos. Todas las chicas aceptaron excepto Lara, que cogió un taxi y se fue a casa. Estaba preocupada por Vicenç y no tenía muchas ganas de jarana. Judith, Sara, Eli y Javi buscaron a un latero y le compraron seis latas de cerveza para el camino. Se las acabaron mucho antes de llegar al local. El edificio en penumbra era una nave industrial abandonada llena de pequeñas salas sin ventilación, sucias, con cascotes y basura varia por el suelo. La música electrónica resonaba machaconamente y salía mágicamente de algún lugar desconocido. El lugar estaba lleno de una variedad selecta de desechos nocturnos. Aquello era un Gran Reserva. Aún así, el ambiente era festivo y Eli, Sara, Judith y Javi andaban de una sala a otra, reconociendo la zona. Olía fuertemente a grasa, como si aquel edificio hubiera sido un taller mecánico gigante. Dejándose llevar por la euforia, saltaban arriba y abajo, al ritmo de la música. A su alrededor, la gente se comía a besos, literalmente. Dos chicos con crestas chillonas tenían emparedada a una chica muy delgada con rastas que recordaba a una amazona guerrera. Le metían mano por todas partes, uno de ellos le besaba el cuello mientras el otro le comía la boca. La chica parecía extasiada hasta que un líquido oscuro empezó a correrle barbilla abajo. De repente, se creó un círculo a su alrededor. La chica logró zafarse y se dirigió al centro del grupo que la rodeaba. Alguien la arañó. Ella saltó hacia el lado contrario, el círculo cada vez se cernia más sobre ella. No tenía escapatoria. Saltaba, pataleaba, daba manotadas al aire. No importaba. Ése sería su último pogo.
Sara volvía de mear en el suelo de un cuartucho con apariencia de armario escobero y aroma de excremento humano. Rezaba por no haber pisado nada. Pasó cerca de un pogo follonero donde una loca recubierta de pintura no paraba de chillar. Recibió un codazo. Les dedicó una mirada de odio profundo y se reunió con los demás. Decidieron irse a casa. Aquello estaba demasiado muerto.
Sara volvía de mear en el suelo de un cuartucho con apariencia de armario escobero y aroma de excremento humano. Rezaba por no haber pisado nada. Pasó cerca de un pogo follonero donde una loca recubierta de pintura no paraba de chillar. Recibió un codazo. Les dedicó una mirada de odio profundo y se reunió con los demás. Decidieron irse a casa. Aquello estaba demasiado muerto.
lunes, 25 de febrero de 2013
Brote 15: Las dos torres
Antes de poder marcharnos de Lahti debiamos visitar Radiomäki, la colina de al lado de mi casa, donde además de una pista de atletismo y un cementerio viejo, se encontraban las dos torres de radio de larga frecuencia, de unos 150 metros de altura cada una. Teníamos la esperanza de poder enviar o recibir algún mensaje desde allí. Hacía unos días que Bea se había instalado en mi casa, ya que quedaba mucho más cerca del centro de la ciudad y nos estábamos preparando para el viaje a Orimattila. No podíamos esperar mucho más para irnos, ya que no había parado de nevar, y las carreteras cada vez estaban más colgadas de nieve. Por no hablar de que Bea había tardado más de un dia en encontrar un coche con gasolina y batería suficiente para poder largarnos. Detalle finlandés a tener en cuenta: las gasolineras no tienen empleados ni lavabos ni áreas de servicio. Son unos cuantos surtidores en medio de la nada sírvase-usted-mismo-con-tarjeta-de-crédito-que-no-estamos-de-humor-como-para-helarnos-el-culo. Al no haber electricidad, bye bye gasoil. Así que no sé hasta dónde llegaremos con un vehículo motorizado. Al coche elegido, lo he bautizado como Porompompero, en homenaje al coche de mi amiga Sara. Es un pequeño Nissan Micra de tres puertas de color blanco, con pinta de haber sido muy usado. Apenas nos caben todos los trastos ahí dentro, pero tenía las llaves puestas, las puertas abiertas, más de medio depósito lleno, el salpicadero del copiloto lleno de sangre seca y un ambientador de pino verde. Una ganga.
sábado, 23 de febrero de 2013
Brote 14: El fin de los días
La oscura y pequeña sala estaba rebosante de cuerpos jóvenes y sudorosos. El calor húmedo y sofocante se les pegaba a la piel. La música vibraba a través de los grandes altavoces colgados a cada lado del local. El suelo temblaba. Faltaban diez minutos para que Judith actuase con su banda. Ese bolo había causado cierta expectación, ya que iban a tocar nuevas canciones. Eli, con su pierna algo dolorida, acababa de llegar. La esperaban Sara, Lara y Javi. La banda salió al pequeño escenario, empezó el concierto. Judith, la bajista, lo dió todo, incluida su camiseta, al público entregado y receptivo. Sara, que era capaz de liarse un cigarro con una mano a la vez que se bebía una cerveza, salió a fumar a la calle. En ésa zona de Barcelona, a aquellas horas, era normal ver todo tipo de fauna urbana. Sacó un mechero de su pequeño bolsito estampado de leopardo y se encendió el cigarro. A veces, se agobiaba en medio de tanta gente. Un par de yonkis con muy mala pinta se le acercaban. Estaban totalmente colocados, prácticamente se arrastraban para caminar. Decidió volver a entrar al bar. Sus amigos saltaban y se movían al ritmo de la música, mientras Judith gritaba y se contoneaba en el escenario. Cuando acabó el bolo, se reunieron todos en la barra del bar y se tomaron unos chupitos celebrando el éxito de la convocatoria. Entre carcajadas recordaban viejas anécdotas que no se cansaban de contar una y otra vez. El alcohol corría por sus venas como el agua por los ríos, furiosa y fácilmente. Formaban un grupo unido, un gran matriarcado de mujeres fuertes, decididas, valientes, independientes, libres. Se conocían desde el instituto, hacía más de diez años. Eli, Sara y Judith vivían juntas. Javi, el hombre de la manada, era capaz de perder un riñón por cualquiera de ésas niñas, de ésas perras con las que había vivido más de un momento surrealista. Lara, con su sonrisa imborrable, esperaba paciente la vuelta de Vicenç, su novio, que se había ido a trabajar a Rusia. Vivían felices y ávidamente los cada vez más infrecuentes momentos juntos. Se conocían bien. Eran los compañeros que se conocen por encima de la voz o de la seña. Qué poco sabían sobre lo que les venía encima.
jueves, 21 de febrero de 2013
Brote 13: El encuentro de las Valkirias
-Deberíamos llevarnos más.- Bea coge un par de raciones de combate del ejército británico y las mete en su carro de reparto. Cuando la encontré aquí, en la armería hace un par de horas, me dió un susto de muerte. Me había olvidado completamente de ella. Bea, mi amiga valenciana en el frío norte. Vivía sola a unos cinco kilómetros de mi casa, a las afueras de la ciudad. Desde la buhardilla en la que vive vió un par de camiones del ejército pasar a toda velocidad y puso la radio. Su cercanía al cuartel le permitía, a veces, cazar alguna que otra transmisión. Entendió algo sobre San Petersburgo (que tan sólo está a 300km de Helsinki) y que ya habían llegado. Qué o quién o a dónde había llegado, ya era otra historia. Al quedarse sin electricidad, decidió salir a buscarme. Me ha dicho que la principal carretera para salir de la ciudad está llena de coches vacíos y restos de sangre aquí y allá. Dice que no ha visto a más de seis o siete personas vagando con visibles problemas de salud. No ha tenido contacto directo con ellos. Yo no le he contado nada sobre La Del Peto. Bea piensa que todo esto puede estar causado por algún agente vírico, que los rusos hayan tenido algún accidente o incluso que lo hayan soltado a propósito. A mi ésa posibilidad me suena desfasada, a demasiada guerra fría. Los rusos siempre tienen la culpa de todo. Además, no entiendo qué ganaría Rusia con todo esto. Por no hablar de que Vecina Siniestra y La Del Peto no parecían enfermas. Parecían putos zombies de manual, joder.
Bea tiene un plan. Dice que lo más importante es que salgamos del país cuanto antes. Lleva una mascarilla de papel e insiste en que yo también me ponga una. Parece que lo tiene todo bajo control. Rambo la ha poseído. Se ha puesto una bandana roja a modo de vincha de Karate Kid y con sus mitones negros no deja de toquetearlo todo en la tienda, con mirada curiosa. Planea robar un coche y conducir hasta Helsinki. Allá embarcar en el primer avión que encuentre. Cree que Lahti ha sido evacuada, pero no se da cuenta de que no se puede evacuar una ciudad de cien mil personas sin avisar, en silencio y sin dejar rastro. Ni aún siendo finlandeses pueden ser tan efectivos. No tiene sentido. Nadie ha sido evacuado. Simplemente han desaparecido, se han esfumado, han sido arrebatados. Puf! Como en un truco de magia.
Lo cierto es que yo también quiero salir de aquí. No sé nada de mi familia ni de mis amigos. Ni siquiera sé si esto ocurre más allá de Lahti. Pero no puedo irme directamente a Helsinki. Puede que Teemu esté en Orimattila, en casa de sus padres. Orimattila queda a veinte kilómetros al sur de Lahti. Podemos ir allí primero y desde ahí completar los ochenta kilómetros hasta Helsinki.
-Mira, ¡soy la hermana chunga de Daryl Dixon! - exclama Bea con una ballesta en las manos.
-Anda, deja de apuntarme, no vayamos a tener un disgusto.
-Perdona. La emoción...
-Friki.
-Bah. ¿Tú no querías la pistola de Harry el sucio? Aquí hay una parecida.
-Sí, pero tiene demasiado retroceso para mi y pesa mucho. No es demasiado práctica. Tendríamos que llevarnos un par de rifles tipo ak47, de ésos que no pesan a penas nada. - Mientras fardaba de lo poco que sabía de armas (gracias a unas prácticas de tiro con el primo de Teemu, un año atrás), guardé disimuladamente el magnum descargado en mi mochila. Quizá me traiga suerte. Parece que la visita a la armería ha sido fructífera: 1 ballesta con 20 flechas, 2 rifles M95 más 10 cargadores de 30 balas para cada una, 5 raciones de combate para cada una (en un principio queríamos más, pero pesan casi un kilo cada una, hay que ser racionales con el peso que podemos cargar), mapas, 2 brújulas, 2 encendedores de magnesio, 1 hornillo de gas con un par de cartuchos de gas extra y 2 cuchillos de caza. No es un arsenal, pero es que tampoco tenemos intención de invadir Polonia.
miércoles, 20 de febrero de 2013
Brote 12: Palíndromos
Los amantes del Círculo Polar trazaban una circunferencia sobre su muñeca. Sus ojos brillantes se paseaban curiosos entre los variopintos pasajeros del vagón del metro. Quería llegar a casa. Había sido un día largo. Tenía ganas de tomarse una cerveza fresquita y desconectar un rato. La pierna le dolía un poco, señal de que quizá lloviera más tarde. Una pena, porque le apetecía pasarse por la terraza del Piano. Próxima parada: Badalona Pompeu Fabra, final de línea. Se bajó del vagón. Ya en casa, encontró a Sara y Judith en el sofá, fumando y discutiendo qué harían el fin de semana. Se sentó con ellas y se lió un cigarrillo. Debía acabar su trabajo para la universidad y aunque le daba mucha pereza, se fue a su cuarto. Encendió el ordenador. Puso algo de Kiko Veneno y comprobó un par de emails de compañeros de la facultad. Hacía rato que había empezado a llover torrencialmente. El viento golpeaba la ventana. De repente, recordó que su ropa estaba colgada en el balcón. A ésas alturas sus bragas habrían alcanzado Finlandia. Finlandia, pensó. Hacía un par de días que no sabía nada de su amiga en el extranjero. Un último post en su blog le había dejado mal cuerpo. Algo sobre un vecino ensangrentado vagando por la calle. No pudo reprimir un escalofrío. Tenía un mal presentimiento.
lunes, 18 de febrero de 2013
Brote 11: Cosas muertas
He llegado a casa. Mierda. He olvidado "comprar" velas. Minipunto para mí. Ya casi es noche cerrada y había olvidado completamente que en mi casa no hay luz. Presto atención al piso de al lado. Ni un ruido. Pronto tendré que volver a entrar y ver qué narices pasa. Decido chequear todo lo que he traído y no paro de darme cabezazos. Medicamentos. Bien. Básicos, pero bien. Comida. No tan bien. Debería haber mangado un hornillo y productos frescos ahora que aún pueden comerse. Ropa. Bien, pero me faltan unas buenas botas y unas raquetas para andar sobre la nieve. Por no hablar del saco de dormir, tienda de campaña y trineo para transportarlo todo que no he cogido. Resumiendo, mi misión de reconocimiento y pillaje me ha salido un poco regulero. Aunque claro, ni lo había planeado y encima La Del Peto no me ha puesto las cosas fáciles. Mierda. La Del Peto. Joder con La Del Peto. Le he dado. No se ha movido más. Quiero pensar en ella como si fuera un objeto, algo abstracto, algo no humano, una amenaza para mi integridad... ¿Pero lo era realmente? No. No lo creo. Alguien la estará buscando. Alguien estará preocupado por ella. Mierda. ¿Dónde está Teemu? ¿Volveré a verle? Y si lo hago, ¿será como ella? Y si lo es, ¿seré capaz de hacerle lo mismo que a ella? Y ¿por qué no puedo decir lo que he hecho? Muerta. Está muerta. No puedo confirmar si ya estaba muerta antes, pero me gustaría pensar que sí. Pensar que no la he matado, que la he liberado de su sufrimiento y todos esos tópicos. Pero, ¿estaba ella sufriendo? No es que se la viera fresca como una lechuga pero... Déjalo ya. Esto es lo que hay. No sueñas, no es un juego de rol, no tienes vidas de repuesto ni puntos de guardado. O ellos o tú. Así que espabila, coño. Debería comer algo. Y darme una ducha. Me siento sucia, mayor y lejana.
Brote 10: Crack
Una vez en el centro de la ciudad, el panorama era desolador. Pavoroso, díria yo. Un par de camiones de transporte del ejército yacían quemados en medio de la plaza mayor. Puntas de fusiles olvidados sobresalían de la nieve aquí y allá. Nadie había circulado por allí al menos en un día, ya que la capa exterior de la nieve se mantenía inmaculada. Las tiendas y restaurantes parecían abiertos, pero solitarios, vacíos y desordenados... Las puertas automáticas de la farmacia central estaban abiertas y la nieve se había colado dentro. Me pareció buena idea entrar a por medicinas, todo aquello me tenía acojonada. Algunos estantes estaban tirados, pero por lo demás, todo parecía normal. Excepto, por supuesto, allí no había nadie. ¿Sería yo, una pringada del tres al cuarto, la última persona de la Tierra? Metí en la mochila gasas, vendas, yodo, antipiréticos, crema para las quemaduras, protección solar, vitaminas, una caja de tampax y protector labial. Me costó Dios y ayuda encontrar algo más fuerte que un paracetamol, pero al subir al almacén del segundo piso, di con el tesoro: antibióticos a mansalva, opiáceos y material de sutura. Lo metí todo en la mochila y decidí ir al centro comercial. Si esto era el Apocalipsis, más valía que me pillara con la nevera llena. Además acababa de invadirme una sensación de desapego total. Había salido de mi cuerpo, el trastorno disociativo me había poseído. Seguro que de ésta no salía, así que con dos cojones, a disfrutar del fin del mundo.

Cuando llegué a las puertas de cristal del centro comercial, estaban cerradas. Mi gozo en un pozo. Suerte que llevaba el stick de floorball conmigo. Le pegué un par de golpes al cristal y lo único que conseguí fué mucho ruido. Entonces se me ocurrió que quizá no estuvieran cerradas, si no congeladas. Así que rasqué todo el hielo posible de entre las dos puertas, metí el mango del stick y hice palanca. ¡Tachán! Pude hacerme hueco. Contenta por estar a cubierto (ya tenía el culo congelado), empecé a pensar en la de veces que había querido estar sola en unos grandes almacenes. Hacer la de Amanecer de los muertos. Bajé una planta y entré al supermercado. Algunos carros estaban abandonados en los pasillos a medio llenar. Incluso habían productos en las cintas de las cajas. Un hilo musical hacía la escena aún más inquietante. Los productos frescos no parecían tan frescos y por alguna razón, las neveras habían dejado de funcionar (no así el resto de cosas eléctricas del centro comercial). Me dirijí al pasillo de conservas y primero cogí unas cuantas latas. Luego caí en el error. Las latas pesan demasiado. Mejor sobres y alguna que otra lata suelta y necesaria. Sopas instantáneas, pastas liofilizadas, carne ahumada, cremas, pescado en conserva, fruta en almíbar... Bien racionado tendría comida para un mes. Sabía que no era suficiente, pero era todo lo que podía cargar con esa mochila. Volvería a por más. Debería darme prisa, quedaba menos de una hora de luz y quería volver a casa.
Subí de planta y me pasé por una tienda de jardíneria y bricolaje. Cogí un par de linternas, un frontal, un chubasquero, montones de pilas y una pala plegable como las que usan en el ejército. Después entré en la tienda de deportes. Cambié la chaqueta que llevaba por otra y cogí un mono que utilizaban en travesías polares. También escogí unos nuevos guantes, gorro, ropa interior térmica y gafas para la nieve. Me acerqué a la sección de botas de esquí y entonces la vi. Una chica rubia con el peto de la tienda puesto estaba de espaldas a mi. ¡Casi doy un salto de alegría! ¡Alguien! ¡La primera persona que veo en días! ¡No estoy sola! Tan solo estaba a medio metro, no estaba soñando. Solté un sonoro "Moi" caminando hacia ella. Y entonces se giró. Paré en seco. Mi sonrisa se esfumó. El alma se me cayó al suelo. Ella tenía la misma mirada blanca y vacía que Vecina Siniestra. Su boca abierta, sus manos alzándose hacia mi. Y esa mancha. Esa mancha negruzca y horrible en medio del cuello. Como una laringectomía supurante. Retrocedí inmediatamente. Yo no sé si era el virus del Nilo, del Ébola o de su tía en bicicleta, pero ésa bicharraca no se me acercaba más. Sin pensar demasiado, cogí un palo de esquí y lo interpuse entre nosotras. Ella siguió avanzando hasta que se clavó la punta en el esternón. Intenté comunicarme con ella en todos los idiomas posibles. No me contestó. No emitió ningún sonido. No se la oía ni respirar. Una mujer silenciosamente parecida a un muerto viviente seguía apretándose contra el palo de esquí. De hecho, se estaba ensartando cual pincho moruno sin decir ni mú. Eso tenía que ser mortal de necesidad. Ahí volví a perderme, solté el palo y la dejé tambaleándose por seguirme, agarré un bate de béisbol y la golpeé en la cabeza. No fué como en las películas. No saltaron trozos de cerebro por los aires, no le dí treinta veces hasta hacer pulpa de melón. Sólo le di una vez, en el lado izquierdo de la cabeza. Sonó un crack. Y eso fué todo. La Del Peto cayó de lado y no se movió más. Solté el bate, cogí mis cosas y me largué.
Hay que ver, cómo está la vida.
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