lunes, 30 de diciembre de 2013

Brote 29: En el cofre de Davy Jones

Cuaderno blanco
A las afueras de Helsinki.
Es extraño despertar en un lugar desconocido. Apartando las razones obvias (desconcierto, confusión…), uno puede llegar a pensar que es otra persona. Lo cierto es que ahora, en este pajar abandonado, en esta cuadra trasnochada, con el frío polar colándose por todos los rincones y rodeada de compañeros inusuales de viaje, no me siento yo misma. Miro a mi alrededor, ellos aún duermen. Ella, con su ojo aún más inflamado que ayer y él, murmurando viejas canciones en sueños. Tímidos rayos de luz se cuelan entre las pútridas maderas, señalando que pronto deberemos partir. ¿A dónde? A lo incierto. Escribo por fin en este cuaderno en blanco, dejando constancia de una aventura que no quiero vivir, de este viaje que es pesadilla, del miedo que tengo a que todo esto sea real. ¿Qué hago yo aquí? Esperamos llegar a Helsinki y encontrarle un sentido a todo esto, pero ¿qué ocurrirá si en Helsinki no hay respuestas? Tengo miedo. No quiero llegar. Esta no es mi vida, esto no es real. ¿Por qué no puedo cerrar los ojos y despertar a su lado? No soy fuerte, nunca lo he sido. No he sabido afrontar problemas, siempre he huido de ellos. Ni siquiera sé quién soy, ¿cómo voy a saber qué está pasando o qué debo hacer? No sé si puedo continuar, no sé si debo. El horror del camino me susurra que no es nada comparado con lo que me espera.  Y si algo he tenido siempre, ha sido instinto. El mismo que no me ha dejado dormir y que me hace saber que nos acercamos a un gran peligro. Pero, ¿qué opción nos queda? Ya no hay vuelta atrás. Bea se despierta, debo dejar de escribir.

domingo, 2 de junio de 2013

Brote 28: Porcelana fina

El techo tembló una vez más y se escuchó un estruendo horrible. En la total oscuridad de Els Genis, los cuerpos nerviosos del Matriarcado se estremecían en medio del estupor. Javi sacó su móvil del bolsillo e iluminó tenuemente las caras de sus amigas. Judith mantenía los ojos muy abiertos. También echó mano a su teléfono. Las demás hicieron lo mismo e iluminaron la estancia. Lara se acercó al cuadro eléctrico y accionó el diferencial un par de veces. No ocurrió nada. Sacó entonces una bolsa llena de velas de té que utilizaba para poner de centro decorativo en cada una de las diminutas mesitas de Els Genis. Se pusieron todos como locos a encender velitas y Sara se dirigió a la puerta trasera. Accionó el pomo pero la puerta no se movió. Eli se había acercado y la ayudó a empujar la puerta metálica. Tan sólo consiguieron moverla un par de centímetros, los justos para ver kilos de escombros obstruyendo la calle, puerta de Els Genis incluida.

martes, 7 de mayo de 2013

Brote 27: Highway to Hell(sinki)

Aún recuerdo la cara de Bea, en pelota picada en medio del comedor, asustada perdida por mis gritos. Acababa de tirar mis tres dedos disecados al fuego, me sentía pletórica, podíamos marcharnos en un par de días, la aventura continuaba, volvíamos a casa. Nuestro plan era llegar a la capital, averiguar qué estaba pasando y a poder ser, salir del país ya fuera por mar, tierra o aire. Bea había encontrado un tractor quitanieve de dimensiones gigantescas pero con una cabina minúscula en la que tendríamos que viajar apretujadas. Había conseguido colgar nuestro equipo en dos petates en la parte trasera, junto a un par de bidones de combustible que había encontrado junto al tractor, en un granero cercano.

La nieve caía de forma suave bajo un cielo invariablemente gris cuando partimos hacia Helsinki. Me encaramé tambaleante a la cabina del tractor amarillo y me senté en la pequeña silla plegable de acompañante. Ni parecía cómoda, ni lo era. Bea estaba al volante, controlando todos esos botones que no hacían más que recordarme al panel de control del Enterprise. Cómo había conseguido arrancarlo y traerlo hasta el patio trasero ya era suficiente misterio para mi, como para intentar conducir a ése bicho. Nuestras rodillas se tocaban. El motor traqueteaba, a la espera de ponernos en marcha. Con ese robusto Valtra, las posibilidades de quedarnos tiradas por el camino parecían nimias. Comprobé una vez más que nuestros M95 estaban asegurados y los aparqué detrás del asiento de Bea. Puse la pequeña bolsita de víveres para el viaje (agua, chocolate y un par de bocadillos) detrás de mis pies. Moví mi pie derecho dentro de la bota. Desde que perdí los tres dedos, caminaba de una forma extraña. El equilibrio se había resentido un poco, sobre todo al ir descalza. Por suerte, Bea me había hecho un melocotón de amigurumi, lleno de amor y cariño, para que fuera mis dedos desaparecidos. Era muy práctico, ya que permitía que mi pie no se perdiera dentro de las botas. Y además era adorable y calentito. Bea, menuda artista. La miro. Sonríe. Estamos listas, nos vamos. Miro por el retrovisor una última vez. Adiós Teemu. No puedo negar un nudo en la boca del estómago. Una nota que nunca llegaría a leer yacía en su almohada. Adiós Teemu.

domingo, 31 de marzo de 2013

Brote 26: Up in the Air

Eli dejó apoyada su muleta en la barra del bar y puso su mano en el hombro de Sara. Sabía por lo que había pasado. Los demás los miraban con una mezcla de incredulidad y terror. Mientras tanto, a miles de metros por encima de sus cabezas, los aviones empezaban a caer del cielo sin que nadie pudiera hacer nada para evitarlo. El aeropuerto de Barcelona estaba a unos treinta kilómetros de Badalona y cientos de aviones comerciales de todo el mundo sobrevolaban la zona a diario.

miércoles, 27 de marzo de 2013

Brote 25: La maldición de la momia

En estos últimos días, las cosas han cambiado mucho. Mis manos están prácticamente operativas. Llevo siempre unos guantes finitos blancos, como de mimo, porque ahora mis manos son muy sensibles a cualquier cosa y la piel aún es frágil. Siento más el frío y el calor en ellas y su color ha cambiado, me temo que para siempre. Me pongo cremas mil veces al día y ya no me duelen. He dejado los antibióticos y el pie parece responder bien, excepto esas puntas negras que me recuerdan al pie de una momia egipcia calcinada. He tenido pesadillas sobre como la gangrena se hacía dueña de mi cuerpo y poco a poco me convertía en un ser  horrendo, negro como el carbón, pútrido y enmohecido, disecado por dentro. Puedo caminar de una manera que recordaría a Chiquito, apoyando el talón derecho lo justo y necesario para no tener que ir a la pata coja. No es que me duela, es que temo apoyar más y caerme, que mi pie no aguante mi peso, romperme algo y empeorar las cosas. En definitiva, tengo miedo.

lunes, 25 de marzo de 2013

Brote 24: Descubrimientos

El metro estaba extrañamente vacío. Eli arrastraba su muleta cubierta de sangre. Andaba decidida pero en un estado semicatatónico, con la mirada perdida. Empapada de una mezcla de agua, orín, sangre y fluidos varios, se montó en el vagón. El convoy transportaba a un par de señoras mayores adormiladas a un par de metros de donde Eli se sentó. Vió su reflejo en el cristal de la ventana de enfrente. Delgada, de piel pálida, con sus ojos negros grandes y perdidos. Se miró fijamente. Vomitó.

viernes, 22 de marzo de 2013

Brote 23: Quemaduras

Orimattila permanecía en silencio, oscura, tranquilamente impasible al paso del tiempo y a la nieve que la colmaba. No muy diferente a como se la veía en condiciones normales. Cuando llegamos a casa de los padres de Teemu yo estaba al borde de la inconsciencia. Bea me llevaba a rastras, portando mi equipo y animándome a cada paso, intentado no desfallecer ella misma. Las luces de la casa estaban apagadas y la puerta principal cerrada. Le señalé como pude a Bea que siempre guardaban una llave extra en el garaje. La encontró y abrió la puerta. Me desmayé.

miércoles, 20 de marzo de 2013

Brote 22: Punto de encuentro

La piel alrededor de su ceja estaba seca, tirante, áspera. Los puntos le picaban, estaban secos, al día siguiente debía ir a que se los quitaran. Otra cicatriz más, pensó Javi. Acabó de colgar el cuadro y se alejó para mirarlo. La verdad es que Els Genis estaba quedando como nuevo. Lara se acercó con un par de cervezas frías, se merecían un descanso. Le había confesado a Javi la situación en Rusia y algunas novedades esperanzadoras, como que Vicenç había abandonado su ciudad (no sin peligro) y llegado a Moscú. Desde allí, sólo estaba a unas horas de vuelo hasta Barcelona. Lara sonreía. Nada mejor que una fiesta de bienvenida en Els Genis para Vicenç.

martes, 12 de marzo de 2013

Brote 21: Instantes

Hoy Sara ha ido como suplente de monitora de comedor a una escuela primaria. La misma donde ella estudió de pequeñita y donde conoció a muchos de sus amigos actuales. No era un curro que la apasionase, pero últimamente todo el mundo parecía enfermo y ella tenía que pagar el alquiler. Llevaba un par de meses mustia y pensaba en dar un cambio radical a su vida. Quería ver mundo, desconectar, recuperar energías. Pero allí estaba, rodeada de... wait a second. ¿Dónde están los niños? El comedor estaba vacío, ni niños ni monitores. Las mesas estaban llenas de menús infantiles intactos y todo estaba en orden excepto por un par de sillas tiradas por el suelo, cercanas a la puerta de la cocina. Qué raro todo. ¿Habían hecho un simulacro o qué? Sólo llegaba diez minutos tarde... De repente, un ruido metálico salió de la cocina. Entró. Algunas cacerolas gigantes seguían al fuego. Un cucharón de sopa rodaba por el suelo. Y allí estaban. Una masa de unos treinta niños mascaban algo agazapados en el suelo, en grupo.
-Què feu aquí al terra?- Preguntó Sara. 
Cuando los niños se giraron a observarla, con sus pequeñas batas ensangrentadas, sus ojos en blanco y con trozos de cocinera y monitores esparcidos aquí y allá, Sara reprimió un grito.

Brote 20: Una libra de carne

Aunque el recuento oficial de asistentes a la manifestación de Barcelona variase totalmente según a quién preguntases, en algo estaban de acuerdo: 127 muertos y más de 800 heridos de diversa gravedad. Entre ellos; Javi, con una ceja rota y una pequeña conmoción cerebral a causa de un porrazo, Judith, con un pelotazo en los riñones que le hizo mear sangre durante unos días, Sara y Lara con diversas torceduras, esguinces en un par de dedos y magulladuras generales. La mejor parada fue Eli, quien sólo recibió unos cuantos golpes y pudo ayudar a sus amigos a salir de aquél infierno y recuperarse.

Podía palparse la estupefacción, el shock, la tensión, el miedo en las calles. Aquello había sido muy gordo. Y no auguraba nada bueno. Nada. Ellos, la Manada, el Matriarcado, habían estado allí. Esa experiencia les había afectado, les había cambiado. Una cosa era teorizar sobre la revolución, llenarse la boca en charlas de bar con la idea de una lucha armada contra un sistema injusto y corrupto. Otra cosa era ser carne de cañón. Aunque nunca lo hablaron abiertamente, cada uno de ellos, inconscientemente, decidió adoptar un perfil bajo hasta que las cosas se calmaran un poco. Eli ocupaba su tiempo con las prácticas de la universidad, Judith y Sara trabajaban y Javi, que estaba en paro, ayudaba a pintar y redecorar Els Genis, el bar que regentaba Lara. 

***

viernes, 8 de marzo de 2013

Brote 19: Lo dejo todo... pero dime ven.

Estoy en Orimattila. No sé cómo pretendo salir del país, si llegar hasta aquí casi me cuesta un par de dedos.

No pudimos enviar ninguna señal desde las dos torres, ni siquiera llegamos a entrar en ellas, ya que huímos como ratas de los zombis del cementerio. Paso de llamarles infectados, bicharracos, monstruos o enfermos, no sé qué les pasa, ni por qué, pero están muertos y caminan, así que para mi son zombis de manual. No voy a esperar a que nadie me explique que si les doy en la cabeza se están quietos, ya lo sé, he visto treinta mil películas y he leído unos cuantos libros y La Del Peto es buena prueba de ello. No tengo remordimientos, han dejado de ser personas. O tú o yo. O tú o tú. Si hay que reventar cabezas, se revientan. En fin, que corrimos despavoridas hacia el Porompompero y nos metimos de cabeza en él. Por suerte, lo habíamos cargado la noche anterior, así que arrancamos y nos dirigimos hacia Orimattila.

miércoles, 27 de febrero de 2013

Brote 18: Los Niños Perdidos

Plaza Cataluña estaba llena hasta los topes. Era difícil caminar o incluso mantenerse firme sin ser llevado por la marea humana. Ésa masa de gente hacía parecer una lata de sardinas amplia y confortable. Era una manifestación histórica. Nunca tanta gente se había reunido con el mismo objetivo, pero la ocasión lo merecía. Nunca se había lapidado de forma tan brutal el estado del bienestar y los derechos básicos de los ciudadanos. Lentamente, pero sin tregua, el Estado había conseguido que la gente sólo pudiera quejarse y aceptar un destino siniestro e incierto. Pero aquel día, habían dicho basta. Hasta aquí hemos llegado. Familias enteras, mayores y pequeños atestaban las calles del centro de Barcelona reclamando justamente sus derechos. Los Mossos d'Esquadra no tardaron en llegar. El ambiente se cargaba por momentos. Javi esperaba en la salida del metro de Passeig de Gràcia a que llegaran sus niñas. La escena le recordaba mucho a unos cuantos años atrás, cuando se reunieron en el mismo sitio para asistir a la manifestación del No a la Guerra. Ahora, la situación había cambiado, el enemigo se había camuflado, se había trajeado, ya no era tan visible aunque fuera mil veces más mortífero. ¿Cómo cambiar un sistema entero? Como no llegase el Apocalipsis...

Brote 17: Lo imposible

Miro a mi izquierda. Unos dos metros escasos me separan de la verja metálica del cementerio viejo. No medirá más de medio metro de altura. La nieve lo cubre todo, incluso a las diez o quince personas que están inmóviles dentro del cementerio. Al instante me doy cuenta de que son ellos. No se mueven. Están repartidos aquí y allá por todo el lugar, con capas y capas de nieve pegadas al cuerpo. Son extraños de ver. Muñecos de nieve humanos. Estatuas heladas en el jardín botánico. Bea no ha movido un músculo y se ha quedado impertérrita mirándolos. Mi curiosidad es total. Salto la pequeña verja. Bea me sigue.
-¿Qué hacemos?
-No lo sé. Quiero verlos.

martes, 26 de febrero de 2013

Brote 16: Pogo

Cuando cerraron el bar, aún tenían ganas de fiesta. Javi propuso ir a una rave que no quedaba muy lejos. Todas las chicas aceptaron excepto Lara, que cogió un taxi y se fue a casa. Estaba preocupada por Vicenç y no tenía muchas ganas de jarana. Judith, Sara, Eli y Javi buscaron a un latero y le compraron seis latas de cerveza para el camino. Se las acabaron mucho antes de llegar al local. El edificio en penumbra era una nave industrial abandonada llena de pequeñas salas sin ventilación, sucias, con cascotes y basura varia por el suelo. La música electrónica resonaba machaconamente y salía mágicamente de algún lugar desconocido. El lugar estaba lleno de una variedad selecta de desechos nocturnos. Aquello era un Gran Reserva. Aún así, el ambiente era festivo y Eli, Sara, Judith y Javi andaban de una sala a otra, reconociendo la zona. Olía fuertemente a grasa, como si aquel edificio hubiera sido un taller mecánico gigante. Dejándose llevar por la euforia, saltaban arriba y abajo, al ritmo de la música. A su alrededor, la gente se comía a besos, literalmente. Dos chicos con crestas chillonas tenían emparedada a una chica muy delgada con rastas que recordaba a una amazona guerrera. Le metían mano por todas partes, uno de ellos le besaba el cuello mientras el otro le comía la boca. La chica parecía extasiada hasta que un líquido oscuro empezó a correrle barbilla abajo. De repente, se creó un círculo a su alrededor. La chica logró zafarse y se dirigió al centro del grupo que la rodeaba. Alguien la arañó. Ella saltó hacia el lado contrario, el círculo cada vez se cernia más sobre ella. No tenía escapatoria. Saltaba, pataleaba, daba manotadas al aire. No importaba. Ése sería su último pogo.

Sara volvía de mear en el suelo de un cuartucho con apariencia de armario escobero y aroma de excremento humano. Rezaba por no haber pisado nada. Pasó cerca de un pogo follonero donde una loca recubierta de pintura no paraba de chillar. Recibió un codazo. Les dedicó una mirada de odio profundo y se reunió con los demás. Decidieron irse a casa. Aquello estaba demasiado muerto.

lunes, 25 de febrero de 2013

Brote 15: Las dos torres

Antes de poder marcharnos de Lahti debiamos visitar Radiomäki, la colina de al lado de mi casa, donde además de una pista de atletismo y un cementerio viejo, se encontraban las dos torres de radio de larga frecuencia, de unos 150 metros de altura cada una. Teníamos la esperanza de poder enviar o recibir algún mensaje desde allí. Hacía unos días que Bea se había instalado en mi casa, ya que quedaba mucho más cerca del centro de la ciudad y nos estábamos preparando para el viaje a Orimattila. No podíamos esperar mucho más para irnos, ya que no había parado de nevar, y las carreteras cada vez estaban más colgadas de nieve. Por no hablar de que Bea había tardado más de un dia en encontrar un coche con gasolina y batería suficiente para poder largarnos. Detalle finlandés a tener en cuenta: las gasolineras no tienen empleados ni lavabos ni áreas de servicio. Son unos cuantos surtidores en medio de la nada sírvase-usted-mismo-con-tarjeta-de-crédito-que-no-estamos-de-humor-como-para-helarnos-el-culo. Al no haber electricidad, bye bye gasoil. Así que no sé hasta dónde llegaremos con un vehículo motorizado. Al coche elegido, lo he bautizado como Porompompero, en homenaje al coche de mi amiga Sara. Es un pequeño Nissan Micra de tres puertas de color blanco, con pinta de haber sido muy usado. Apenas nos caben todos los trastos ahí dentro, pero tenía las llaves puestas, las puertas abiertas, más de medio depósito lleno, el salpicadero del copiloto lleno de sangre seca y un ambientador de pino verde. Una ganga.

sábado, 23 de febrero de 2013

Brote 14: El fin de los días

La oscura y pequeña sala estaba rebosante de cuerpos jóvenes y sudorosos. El calor húmedo y sofocante se les pegaba a la piel. La música vibraba a través de los grandes altavoces colgados a cada lado del local. El suelo temblaba. Faltaban diez minutos para que Judith actuase con su banda. Ese bolo había causado cierta expectación, ya que iban a tocar nuevas canciones. Eli, con su pierna algo dolorida, acababa de llegar. La esperaban Sara, Lara y Javi. La banda salió al pequeño escenario, empezó el concierto. Judith, la bajista, lo dió todo, incluida su camiseta, al público entregado y receptivo. Sara, que era capaz de liarse un cigarro con una mano a la vez que se bebía una cerveza, salió a fumar a la calle. En ésa zona de Barcelona, a  aquellas horas, era normal ver todo tipo de fauna urbana. Sacó un mechero de su pequeño bolsito estampado de leopardo y se encendió el cigarro. A veces, se agobiaba en medio de tanta gente. Un par de yonkis con muy mala pinta se le acercaban. Estaban totalmente colocados, prácticamente se arrastraban para caminar. Decidió volver a entrar al bar. Sus amigos saltaban y se movían al ritmo de la música, mientras Judith gritaba y se contoneaba en el escenario. Cuando acabó el bolo, se reunieron todos en la barra del bar y se tomaron unos chupitos celebrando el éxito de la convocatoria. Entre carcajadas recordaban viejas anécdotas que no se cansaban de contar una y otra vez. El alcohol corría por sus venas como el agua por los ríos, furiosa y fácilmente. Formaban un grupo unido, un gran matriarcado de mujeres fuertes, decididas, valientes, independientes, libres. Se conocían desde el instituto, hacía más de diez años. Eli, Sara y Judith vivían juntas. Javi, el hombre de la manada, era capaz de perder un riñón por cualquiera de ésas niñas, de ésas perras con las que había vivido más de un momento surrealista. Lara, con su sonrisa imborrable, esperaba paciente la vuelta de Vicenç, su novio, que se había ido a trabajar a Rusia. Vivían felices y ávidamente los cada vez más infrecuentes momentos juntos. Se conocían bien. Eran los compañeros que se conocen por encima de la voz o de la seña. Qué poco sabían sobre lo que les venía encima. 

jueves, 21 de febrero de 2013

Brote 13: El encuentro de las Valkirias

-Deberíamos llevarnos más.- Bea coge un par de raciones de combate del ejército británico y las mete en su carro de reparto. Cuando la encontré aquí, en la armería hace un par de horas, me dió un susto de muerte. Me había olvidado completamente de ella. Bea, mi amiga valenciana en el frío norte. Vivía sola a unos cinco kilómetros de mi casa, a las afueras de la ciudad. Desde la buhardilla en la que vive vió un par de camiones del ejército pasar a toda velocidad y puso la radio. Su cercanía al cuartel le permitía, a veces, cazar alguna que otra transmisión. Entendió algo sobre San Petersburgo (que tan sólo está a 300km de Helsinki) y que ya habían llegado. Qué o quién o a dónde había llegado, ya era otra historia. Al quedarse sin electricidad, decidió salir a buscarme. Me ha dicho que la principal carretera para salir de la ciudad está llena de coches vacíos y restos de sangre aquí y allá. Dice que no ha visto a más de seis o siete personas vagando con visibles problemas de salud. No ha tenido contacto directo con ellos. Yo no le he contado nada sobre La Del Peto. Bea piensa que todo esto puede estar causado por algún agente vírico, que los rusos hayan tenido algún accidente o incluso que lo hayan soltado a propósito. A mi ésa posibilidad me suena desfasada, a demasiada guerra fría. Los rusos siempre tienen la culpa de todo. Además, no entiendo qué ganaría Rusia con todo esto. Por no hablar de que Vecina Siniestra y La Del Peto no parecían enfermas. Parecían putos zombies de manual, joder.

Bea tiene un plan. Dice que lo más importante es que salgamos del país cuanto antes. Lleva una mascarilla de papel e insiste en que yo también me ponga una. Parece que lo tiene todo bajo control. Rambo la ha poseído. Se ha puesto una bandana roja a modo de vincha de Karate Kid y con sus mitones negros no deja de toquetearlo todo en la tienda, con mirada curiosa. Planea robar un coche y conducir hasta Helsinki. Allá embarcar en el primer avión que encuentre. Cree que Lahti ha sido evacuada, pero no se da cuenta de que no se puede evacuar una ciudad de cien mil personas sin avisar, en silencio y sin dejar rastro. Ni aún siendo finlandeses pueden ser tan efectivos. No tiene sentido. Nadie ha sido evacuado. Simplemente han desaparecido, se han esfumado, han sido arrebatados. Puf! Como en un truco de magia.

Lo cierto es que yo también quiero salir de aquí. No sé nada de mi familia ni de mis amigos. Ni siquiera sé si esto ocurre más allá de Lahti. Pero no puedo irme directamente a Helsinki. Puede que Teemu esté en Orimattila, en casa de sus padres. Orimattila queda a veinte kilómetros al sur de Lahti. Podemos ir allí primero y desde ahí completar los ochenta kilómetros hasta Helsinki.
-Mira, ¡soy la hermana chunga de Daryl Dixon! - exclama Bea con una ballesta en las manos.
-Anda, deja de apuntarme, no vayamos a tener un disgusto.
-Perdona. La emoción...
-Friki.
-Bah. ¿Tú no querías la pistola de Harry el sucio? Aquí hay una parecida.
-Sí, pero tiene demasiado retroceso para mi y pesa mucho. No es demasiado práctica. Tendríamos que llevarnos un par de rifles tipo ak47, de ésos que no pesan a penas nada. - Mientras fardaba de lo poco que sabía de armas (gracias a unas prácticas de tiro con el primo de Teemu, un año atrás), guardé disimuladamente el magnum descargado en mi mochila. Quizá me traiga suerte. Parece que la visita a la armería ha sido fructífera: 1 ballesta con 20 flechas, 2 rifles M95 más 10 cargadores de 30 balas para cada una, 5 raciones de combate para cada una (en un principio queríamos más, pero pesan casi un kilo cada una, hay que ser racionales con el peso que podemos cargar), mapas, 2 brújulas, 2 encendedores de magnesio, 1 hornillo de gas con un par de cartuchos de gas extra y 2 cuchillos de caza. No es un arsenal, pero es que tampoco tenemos intención de invadir Polonia.

miércoles, 20 de febrero de 2013

Brote 12: Palíndromos

Los amantes del Círculo Polar trazaban una circunferencia sobre su muñeca. Sus ojos brillantes se paseaban curiosos entre los variopintos pasajeros del vagón del metro. Quería llegar a casa. Había sido un día largo. Tenía ganas de tomarse una cerveza fresquita y desconectar un rato. La pierna le dolía un poco, señal de que quizá lloviera más tarde. Una pena, porque le apetecía pasarse por la terraza del Piano. Próxima parada: Badalona Pompeu Fabra, final de línea. Se bajó del vagón. Ya en casa, encontró a Sara y Judith en el sofá, fumando y discutiendo qué harían el fin de semana. Se sentó con ellas y se lió un cigarrillo. Debía acabar su trabajo para la universidad y aunque le daba mucha pereza, se fue a su cuarto. Encendió el ordenador. Puso algo de Kiko Veneno y comprobó un par de emails de compañeros de la facultad. Hacía rato que había empezado a llover torrencialmente. El viento golpeaba la ventana. De repente, recordó que su ropa estaba colgada en el balcón. A ésas alturas sus bragas habrían alcanzado Finlandia. Finlandia, pensó. Hacía un par de días que no sabía nada de su amiga en el extranjero. Un último post en su blog le había dejado mal cuerpo. Algo sobre un vecino ensangrentado vagando por la calle. No pudo reprimir un escalofrío. Tenía un mal presentimiento.

lunes, 18 de febrero de 2013

Brote 11: Cosas muertas

He llegado a casa. Mierda. He olvidado "comprar" velas. Minipunto para mí. Ya casi es noche cerrada y había olvidado completamente que en mi casa no hay luz. Presto atención al piso de al lado. Ni un ruido. Pronto tendré que volver a entrar y ver qué narices pasa. Decido chequear todo lo que he traído y no paro de darme cabezazos. Medicamentos. Bien. Básicos, pero bien. Comida. No tan bien. Debería haber mangado un hornillo y productos frescos ahora que aún pueden comerse. Ropa. Bien, pero me faltan unas buenas botas y unas raquetas para andar sobre la nieve. Por no hablar del saco de dormir, tienda de campaña y trineo para transportarlo todo que no he cogido. Resumiendo, mi misión de reconocimiento y pillaje me ha salido un poco regulero. Aunque claro, ni lo había planeado y encima La Del Peto no me ha puesto las cosas fáciles. Mierda. La Del Peto. Joder con La Del Peto. Le he dado. No se ha movido más. Quiero pensar en ella como si fuera un objeto, algo abstracto, algo no humano, una amenaza para mi integridad... ¿Pero lo era realmente? No. No lo creo. Alguien la estará buscando. Alguien estará preocupado por ella. Mierda. ¿Dónde está Teemu? ¿Volveré a verle? Y si lo hago, ¿será como ella? Y si lo es, ¿seré capaz de hacerle lo mismo que a ella? Y ¿por qué no puedo decir lo que he hecho? Muerta. Está muerta. No puedo confirmar si ya estaba muerta antes, pero me gustaría pensar que sí. Pensar que no la he matado, que la he liberado de su sufrimiento y todos esos tópicos. Pero, ¿estaba ella sufriendo? No es que se la viera fresca como una lechuga pero... Déjalo ya. Esto es lo que hay. No sueñas, no es un juego de rol, no tienes vidas de repuesto ni puntos de guardado. O ellos o tú. Así que espabila, coño. Debería comer algo. Y darme una ducha. Me siento sucia, mayor y lejana.

Brote 10: Crack

Una vez en el centro de la ciudad, el panorama era desolador. Pavoroso, díria yo. Un par de camiones de transporte del ejército yacían quemados en medio de la plaza mayor. Puntas de fusiles olvidados sobresalían de la nieve aquí y allá. Nadie había circulado por allí al menos en un día, ya que la capa exterior de la nieve se mantenía inmaculada. Las tiendas y restaurantes parecían abiertos, pero solitarios, vacíos y desordenados... Las puertas automáticas de la farmacia central estaban abiertas y la nieve se había colado dentro. Me pareció buena idea entrar a por medicinas, todo aquello me tenía acojonada. Algunos estantes estaban tirados, pero por lo demás, todo parecía normal. Excepto, por supuesto, allí no había nadie. ¿Sería yo, una pringada del tres al cuarto, la última persona de la Tierra? Metí en la mochila gasas, vendas, yodo, antipiréticos, crema para las quemaduras, protección solar, vitaminas, una caja de tampax y protector labial. Me costó Dios y ayuda encontrar algo más fuerte que un paracetamol, pero al subir al almacén del segundo piso, di con el tesoro: antibióticos a mansalva, opiáceos y material de sutura. Lo metí todo en la mochila y decidí ir al centro comercial. Si esto era el Apocalipsis, más valía que me pillara con la nevera llena. Además acababa de invadirme una sensación de desapego total. Había salido de mi cuerpo, el trastorno disociativo me había poseído. Seguro que de ésta no salía, así que con dos cojones, a disfrutar del fin del mundo. 


Cuando llegué a las puertas de cristal del centro comercial, estaban cerradas. Mi gozo en un pozo. Suerte que llevaba el stick de floorball conmigo. Le pegué un par de golpes al cristal y lo único que conseguí fué mucho ruido. Entonces se me ocurrió que quizá no estuvieran cerradas, si no congeladas. Así que rasqué todo el hielo posible de entre las dos puertas, metí el mango del stick y hice palanca. ¡Tachán! Pude hacerme hueco. Contenta por estar a cubierto (ya tenía el culo congelado), empecé a pensar en la de veces que había querido estar sola en unos grandes almacenes. Hacer la de Amanecer de los muertos. Bajé una planta y entré al supermercado. Algunos carros estaban abandonados en los pasillos a medio llenar. Incluso habían productos en las cintas de las cajas. Un hilo musical hacía la escena aún más inquietante. Los productos frescos no parecían tan frescos y por alguna razón, las neveras habían dejado de funcionar (no así  el resto de cosas eléctricas del centro comercial). Me dirijí al pasillo de conservas y primero cogí unas cuantas latas. Luego caí en el error. Las latas pesan demasiado. Mejor sobres y alguna que otra lata suelta y necesaria. Sopas instantáneas, pastas liofilizadas, carne ahumada, cremas, pescado en conserva, fruta en almíbar... Bien racionado tendría comida para un mes. Sabía que no era suficiente, pero era todo lo que podía cargar con esa mochila. Volvería a por más. Debería darme prisa, quedaba menos de una hora de luz y quería volver a casa. 

Subí de planta y me pasé por una tienda de jardíneria y bricolaje. Cogí un par de linternas, un frontal, un chubasquero, montones de pilas y una pala plegable como las que usan en el ejército. Después entré en la tienda de deportes. Cambié la chaqueta que llevaba por otra y cogí un mono que utilizaban en travesías polares. También escogí unos nuevos guantes, gorro, ropa interior térmica y gafas para la nieve. Me acerqué a la sección de botas de esquí y entonces la vi. Una chica rubia con el peto de la tienda puesto estaba de espaldas a mi. ¡Casi doy un salto de alegría! ¡Alguien! ¡La primera persona que veo en días! ¡No estoy sola! Tan solo estaba a medio metro, no estaba soñando. Solté un sonoro "Moi" caminando hacia ella. Y entonces se giró. Paré en seco. Mi sonrisa se esfumó. El alma se me cayó al suelo. Ella tenía la misma mirada blanca y vacía que Vecina Siniestra. Su boca abierta, sus manos alzándose hacia mi. Y esa mancha. Esa mancha negruzca y horrible en medio del cuello. Como una laringectomía supurante. Retrocedí inmediatamente. Yo no sé si era el virus del Nilo, del Ébola o de su tía en bicicleta, pero ésa bicharraca no se me acercaba más. Sin pensar demasiado, cogí un palo de esquí y lo interpuse entre nosotras. Ella siguió avanzando hasta que se clavó la punta en el esternón. Intenté comunicarme con ella en todos los idiomas posibles. No me contestó. No emitió ningún sonido. No se la oía ni respirar. Una mujer silenciosamente parecida a un muerto viviente seguía apretándose contra el palo de esquí. De hecho, se estaba ensartando cual pincho moruno sin decir ni mú. Eso tenía que ser mortal de necesidad. Ahí volví a perderme, solté el palo y la dejé tambaleándose por seguirme, agarré un bate de béisbol y la golpeé en la cabeza. No fué como en las películas. No saltaron trozos de cerebro por los aires, no le dí treinta veces hasta hacer pulpa de melón. Sólo le di una vez, en el lado izquierdo de la cabeza. Sonó un crack. Y eso fué todo. La Del Peto cayó de lado y no se movió más. Solté el bate, cogí mis cosas y me largué. 
Hay que ver, cómo está la vida.

domingo, 13 de enero de 2013

Brote 09: Realidad

Acabo de vivir la experiencia más rara de mi vida. Puedo afirmar, sin ningún tipo de duda, que aquí está pasando algo que saldrá en los periódicos, si es que alguna vez se vuelve a imprimir alguno.

Después de haber llenado de agua potable todas las botellas vacías que tenía por casa (y maldecir por no tener una bañera), decidí ir a buscar a Teemu. Muy fácil en la teoría, muy difícil en la práctica. Ha pasado más de un día desde que se fué a la universidad, así que podría estar en cualquier parte. Pero no sé por qué sentía el impulso de ir a su facultad a buscarle. Al menos quedaba cerca de mi escuela, así que podría pasarme a ver si alguien tenía idea de qué demonios estaba pasando. También tenía pensado pasar por el centro de la ciudad, a ver cómo estaban las cosas por allí. Aunque antes me pasaría por la comisaria. Así que metí en una mochila una botella de agua, un pequeño botiquín compuesto por unas pocas gasas, tijeras, yodo y ibuprofenos, mis guantes gordos, mi móvil (con la mitad de la batería disponible y bajando) y las llaves de casa. Me abrigué bien, ya que estabamos a -17ºC y iba a andar bastante rato. Cuando ya estaba saliendo de casa, me dio por llevarme el stick de floorball conmigo. Por precaución, me susurró una voz de la parte derecha de mi cabeza. Ya en el descansillo, pegué la oreja en la puerta de Vecina Siniestra. Nada. Mejor.

En la calle no se oía nada. Sólo el crujir de mis pasos por la nieve. El nivel de nieve acumulada sin limpiar de las calles alcanzaba unos diez centímetros. Ni una marca en ellas. Un desierto de dunas blancas. La calzada estaba impoluta, ningún vehículo había circulado por allí, o habrían dejado huella. El aire olía a sequedad helada, se me hacía difícil respirar con normalidad. Llegué a la comisaria, o a lo que quedaba de ella. El edificio se desparramaba por más de media calle, obstruyéndola por la parte oeste. Los cascotes se amontonaban caóticos. Dudé en alzar la voz, preguntar si allí había alguien. Me estremecí. Debía haber venido antes, con estas temperaturas, quienquiera que hubiera en la comisaría, si no murió en la explosión, no habría sobrevivido una noche a la intemperie. Sentí un calambrazo por toda mi espalda. Estaba delante de una tumba gigante. Retrocedí sin pensar y emprendí el camino hacia la universidad, azorada por los sentimientos de culpa. No era fácil caminar por la nieve virgen, sin saber muy bien por donde se pisaba.

En la facultad de Teemu no encontré nada bueno. Estaba desierta. No eran más de las doce del mediodía, debería estar rebosante de alumnos de aquí para allá. En el hall de entrada encontré muchos diarios tirados por el suelo, pero nada más. Visité la cantina, en la que había comido bastantes veces con Teemu y donde cabían cientos de estudiantes. No había nadie. La fecha del menú del dia era de un par de días antes. ¿Qué estaba pasando? ¿Donde estaba todo el mundo? El silencio me estaba volviendo loca. Me parecía oir ruidos inexistentes o vocecillas por los pasillos. Pero la verdad es que en ese inmenso edificio, no había nadie. Llamé a Teemu con la esperanza de escuchar su melodía de llamada en alguna parte del edificio, pero no pasó nada. Un mensaje en finés y en inglés me hacía saber que era imposible comunicarse con el usuario de esa línea. Genial. Con el alma en los pies, me fuí al centro de la ciudad, donde esperaba encontrarle un sentido a todo esto.

viernes, 4 de enero de 2013

Brote 08: El viaje a ninguna parte

Han pasado más de veinticuatro horas desde que empezaron a ocurrir cosas extrañas a mi alrededor. Veinticuatro horas sin ver a ningún ser humano. 

Cuando volví a casa, sudorosa y asustada por mi visita a casa de Vecina Siniestra, decidí apostarme al lado de la ventana de la cocina, en busca de cualquier señal de vida humana. Decidí que subir a la terraza de mi edificio no era lo más conveniente a esas horas de la noche (y la verdad es que con lo cagada que estaba en ese instante, no habría sido capaz ni de pegar ojo con las luces encendidas). Revisé una por una todas las ventanas de los edificios vecinos, buscando luz, movimiento, alguna señal de que no estaba sola. Miré en las pizzerias que abrían hasta tarde y que llenaban la calle de enfrente. Por último, utilicé el zoom de mi cámara de fotos para poder examinar las ruinas de la comisaria, cada vez más cubierta de nieve. Todo fué inútil. Hice un par de fotos del estado de la calle para convencerme de que todo aquello era real. Después de eso, me lavé los dientes, llamé una vez más a Teemu y caí rendida en la cama tras un día totalmente aterrador.

Hoy me he levantado a eso de las nueve de la mañana, inquieta. He pegado mi oreja a la pared, intentando escuchar algo del maldito piso de al lado. Nada. Al ir a mear me he dado cuenta de que la luz no funciona. Y no se me han fundido los plomos. Me he asomado a la ventana y los semáforos no funcionan. Tampoco están iluminados los rótulos rojos de las tiendas erótico-festivas. ¿No os había comentado que vivo en la zona de thai massage de Lahti? Si ha caído el sistema eléctrico, la cosa (sea lo que sea) se complica bastante. Estamos en pleno enero en Finlandia, con temperaturas diarias de -15ºC. de media. Adiós calefacción, adiós platos calientes (mi cocina es eléctrica), adiós nevera, adiós televisión, radio e internet y pronto, muy pronto, adiós baterias de móvil, cámara y portátil. El siglo XIX me da la bienvenida. Por suerte, aún tengo agua corriente. Voy a llenar todas las botellas vacías que encuentre. Por si acaso. También saco la mochila más grande que encuentro del armario. Es de Teemu, de cuando se va a jugar a floorball. No sé nada de él. Estoy muy preocupada. Pero he decidido no estarlo más. 

Voy a salir a buscarle. A él, y a todos los jodidos habitantes de la ciudad, de los cuales no queda ni rastro.