miércoles, 27 de marzo de 2013

Brote 25: La maldición de la momia

En estos últimos días, las cosas han cambiado mucho. Mis manos están prácticamente operativas. Llevo siempre unos guantes finitos blancos, como de mimo, porque ahora mis manos son muy sensibles a cualquier cosa y la piel aún es frágil. Siento más el frío y el calor en ellas y su color ha cambiado, me temo que para siempre. Me pongo cremas mil veces al día y ya no me duelen. He dejado los antibióticos y el pie parece responder bien, excepto esas puntas negras que me recuerdan al pie de una momia egipcia calcinada. He tenido pesadillas sobre como la gangrena se hacía dueña de mi cuerpo y poco a poco me convertía en un ser  horrendo, negro como el carbón, pútrido y enmohecido, disecado por dentro. Puedo caminar de una manera que recordaría a Chiquito, apoyando el talón derecho lo justo y necesario para no tener que ir a la pata coja. No es que me duela, es que temo apoyar más y caerme, que mi pie no aguante mi peso, romperme algo y empeorar las cosas. En definitiva, tengo miedo.

Mientras tanto, Bea ha estado planeando el viaje a Helsinki de forma metódica, con mapas, puntos de encuentro, localizaciones, etapas, planes A, planes B, planes C... Parece que disfruta haciéndolo. Puedo ver un brillo en su mirada, como el de un niño pensando en sus vacaciones o escribiendo su carta a los reyes magos. Da por supuesto que me recuperaré totalmente y que saldremos pronto de aquí. No quiere oír ni hablar de la posibilidad de marcharse sin mí. Qué tía. Ciertamente le debo la vida. Y su plan no parece descabellado. Ahora está preparando la sauna, fuera hace tanto frío que aunque la casa está preparada para ello, se nota. Lleva todo el día explorando el pueblo y se merece una sesión de sauna calentita. Me da envidia. Desde que me congelé, siempre estoy aterida. Pero no creo que sea bueno para mi pie estar a noventa grados, así que me quedo en el salón, frente a la chimenea encendida. Bea ya está en la sauna. Puedo escuchar el ruido del agua al tocar las piedras ígneas, al evaporarse de golpe, y un poco de esencia de eucalipto se escapa del baño y llega hasta mí. Cierro los ojos e inspiro. Podríamos vivir aquí. El pueblo parece seguro y en mi condición es lo más sensato. Hay dos grandes supermercados que parecen intactos y en verano podemos conrear para el invierno. Si esto es algo temporal, entonces alguien, tarde o temprano nos encontrará, y si no lo es, al menos es un lugar tranquilo y apartado, donde podríamos pasar desapercibidas e incluso llegar a acostumbrarnos. No quiero morir en la nieve. Sin darme cuenta he abrazado mi cuaderno en blanco, el mismo donde imagino escribir esta historia y donde no me atrevo a hacerlo por temor a que mis manos no respondan. Suspiro y dejo el cuaderno a un lado.

Hora de cambiar el vendaje del pie. Al ir abriéndolo, voy moviendo los dos dedos sanos que siento y cuando aparto las últimas vendas, algo cae al suelo. Mi dedo gordo se ha caído literalmente al suelo. Los otros dos dedos están entre las vendas. Casi me da un infarto. El resto del pie parece estar bien. No sangra, ni parece que haya herida, es como si los dedos se hubieran secado y caído por su cuenta. Los dedos muertos no pesan nada, parecen hechos de pergamino negro antiguo. Lo más bizarro son las uñas. Dan cosica, la verdad. Es extraño tener una parte de ti en tus manos. No puedo reprimir un pensamiento friki, y me echo a reir. La verdad es que me he quitado un peso de encima. Los dos dedos sanos que me quedan tienen buena movilidad y en la zona donde deberían estar los demás tengo una capa de carne viva, rosácea, frágil. Eso se curaría rápido. No había gangrena. Podría caminar de nuevo, no estaba tullida, no tendría que quedarme aquí haciendo calceta y esperando a la muerte, volvía a ser libre. Sonrío, pletórica. Me levanto con precaución, tiro los dedos de momia al fuego y grito.
-¡Me faltan dedos! ¡Pero tengo dos más! ¡BEAAA! ¡Helsinki, nos vamos a Helsinki!

No hay comentarios:

Publicar un comentario