Una fina pátina de sangre congelada cubría el bote de lado a lado. El frío me había calado de nuevo, mis manos no respondían y mi cara luchaba a duras penas para no romperse en mil pedazos contra el viento helado que nos mecía. Sobre el cuerpo de Bea se había ido formando una fina capa de hielo y su piel amoratada resplandecía bajo la tenue luz de la luna. Navegamos en la más desangelada oscuridad, entre una aterradora y silenciosa nada oscura, sin más ayuda que un par de focos que no hacían si no convertirnos en la única señal de vida en el horizonte. Continuamos rumbo sureste, a toda máquina, y finalmente, cuando el alba se desperezaba, tocamos tierra. El paisaje era dantesco. Todo parecía haber sido quemado. Desde el pequeño puerto pesquero donde habíamos atracado hasta las pequeñas colinas que se perdían kilómetros más allá. ¿Dónde estábamos? No tenía ni idea. Nuestros planes consistían en llegar a Estonia, pero algo me decía que no estábamos allí. Demasiadas horas de navegación. ¿Letonia? ¿Lituania? Al menos no era Finlandia, eso seguro.
Amarré la zodiac a un pequeño poste que sobresalía del agua y salté al embarcadero. Las primeras luces del día bañaban un espectáculo desolador. Allí no quedaba nadie. Nadie vivo, al menos, ya que de la nada salieron a mi encuentro un par de miradas huecas, como si hubieran olido mi presencia. Con mi fusil en mano, estuve tentada a disparar.
- Usa el cuchillo.- Me susurró una voz familiar.
- Usa el cuchillo, venga, ¿a qué esperas?- Confusa, así el cuchillo de mi pernera y me dirigí a los rostros pálidos. Ambos eran hombres en la cuarentena, rechonchos, con barba y mono amarillo de pescador y botas de goma. Ambos estaban rematadamente muertos. Y ambos caminaban hacía mí. ¿Qué querrían? ¿Mi cerebro? ¿Mi sangre? ¿Mis vísceras? ¿Qué? ¿Qué era lo que les atraía irremediablemente hacía mi? ¿Por qué no podían mantenerse muertos? ¿Cómo funcionaba? ¿Por qué mi amiga yacía helada mientras éstos caminaban?
- Deja de pensar. ¡Ataca!- Otra vez ésa voz.
- ¿Qué estás haciendo? ¡Espabila! - Un momento. ¿Ésa no es la voz de Be...?
El primer pescador ha acariciado mi anorak de manera demasiado cariñosa y me ha espabilado de golpe. Casi de inmediato inserto mi puñal en su cráneo. O al menos lo intento, ya que no es tan fácil como en las películas. Mi apuñalamiento no consigue penetrar ni romper el hueso, sólo provoca una hemorragia lánguida y oscura, casi como si petróleo rebosara de su sien, más por hastío que por urgencia.
-Cuidado con el otro.- Murmulla la voz al fondo de mi cerebro. Las manos grises del segundo pescador me agarran del brazo izquierdo. Intento zafarme de ambos, pero los tengo encima. Retrocedo un par de pasos, pierdo el equilibrio y caigo de espaldas. Pescador 1 cae sobre mi con la bendita suerte de autoapuñalarse en un ojo, quedando automáticamente remuerto sobre mi. Pescador número 2 sigue agarrado a mi brazo, acercando peligrosamente su cara hinchada a mi cuello. No tengo demasiada libertad de movimiento y mi cuchillo está en ojo ajeno. No pinta nada bien. Pescador número 2 me muerde el hombro mientras intento desesperadamente sacar mi puñal del ojo de su amigo. Cuando lo consigo, ha logrado rasgarme el anorak y se dirige directamente al cuello.
-Vamos, ¡ahora!- Grita la voz de Bea. ¿De Bea? Sí, de Bea, mi amiga muerta. ¿Cómo...? De repente, me quito al remuerto de encima, sostengo al Pescador número 2 del pescuezo y le clavo el puñal a la altura de la oreja izquierda. Sigue boqueando, sin la más mínima cara de sorpresa y yo le sigo apuñalando el cráneo hasta que deja de moverse. Sangre negruzca, coágulos y carne me empapan la cara de nuevo. Pero estoy viva. Me pongo de pie y miro hacía atrás. Bea continúa en la zodiac, muerta y congelada. Parece que sonríe. Le sonrío de vuelta. Debería enterrarla, pero estoy exhausta. La adrenalina de la batalla empieza a abandonarme y me tiemblan las piernas. Estoy hambrienta y muerta de frío. Necesito encontrar un refugio. Un pequeño coágulo de sangre muerta resbala de mi mejilla hasta mi boca jadeante. Escupo con asco.
Joder, lo que necesito es una puta ducha.
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