Entro en mi piso con el corazón entre los dientes, me tropiezo con una zapatilla en el recibidor y me caigo de morros contra el suelo. Las bolsas de la compra caen a mi lado, volcando su contenido. ¿Estoy herida? ¿Me han disparado? ¿Qué ha sido esa explosión? De repente, noto que mi costado derecho está mojado. Ya está. Me han dado. Me muero. Imagino en un momento mi propia agonía, veo mi vida pasar ante mis ojos en pequeñas diapositivas de una de esas maquinitas de juguete. Mira que morirme en Finlandia, con lo lejos que queda. Y sola. Y aquí tirada, con la leche desparramada por el recibidor y olor a vinagre que tira para atrás. Espera... ¿Pepinillos? La gente dice que huele a flores cuando se pasa al otro barrio, pero ¿oler a pepinillos en vinagre...? ¿No será que...? Miro mi lado derecho y compruebo que estoy remojada en vinagre de conserva. No hay dolor. No estoy herida. Y cuando ya estoy levantándome e intentando recuperar un poco de dignidad después de mi vuelta a la vida, mi edificio tiembla y algo explota tan fuerte y tan cerca que mis dientes chirrían. Corro hacia la ventana de la cocina. Una ola de polvo, escombros y humo corre calle abajo. No veo nada. Aquí las ventanas suelen ser dobles, a veces incluso triples para aislar el frío. La explosión ha resquebrajado mi ventana exterior. Miro calle arriba. La estación de policía ha desaparecido. ALUCINO. ¿Qué ha pasado? Llamo a Teemu. Esto ya es demasiado. Apagado. ¿Estará bien? ¿Por qué no están aquí ya los bomberos? Miro a los demás edificios, buscando a gente, a vecinos, a alguien que se asome a las ventanas. ¿Por qué no hay nadie? Ni siquiera se escuchan ruidos en mi bloque. Silencio total. Solo mi respiración y el tintineo de mi pierna arriba y abajo, atacada perdida.
¡¿Qué coño está pasando aquí?! ¿Terroristas? ¿Los rusos? ¿Un accidente sin más? Pero ¿por qué no viene nadie, ningún equipo de rescate? El edificio derrumbado, además de la comisaría de policía, tenía cinco plantas llenas de oficinas públicas, que a esta hora aún estarían abiertas. Así que debe haber muuucha gente atrapada, sino muerta. La base del ejército no está lejos, ya deberían haber llegado. Mierda. Joder. Un pequeño incendio se ha levantado de entre los escombros. Toda la estampa no deja de recordarme como quedó el World Trade Center. Un pequeño gusano en mi cabeza me dice que debería acercarme a ayudar, llamar a alguien, hacer algo. Pero un pajarraco que vive al lado opuesto me dice que ni se me ocurra salir del piso. Vuelvo a llamar a Teemu. Nada. Enciendo la tele. No hay señal. Me vuelvo loca apretando botones hasta llegar al último canal y dar la vuelta. NA-DA. Vivo al lado de la montaña que tiene dos antenacas enormes que reciben tele, radio y demás y no tengo señal. Esto ya es de película dominguera de Antena 3. Pongo la radio. Zumbido. Cambio de emisora. Zumbido. Cambio de emisora. Zumbido. Cambio de onda. Zumbido. No puede ser. Zumbido, zumbido y más zumbido. Por un momento me acojono pensando en cambiar de emisora y escuchar a Orson Welles y su Guerra de los Mundos. Me agobio. Dejo la radio y conecto el ordenador. Esto sí que no puede fallar. Pero falla. Apago el router. Enciendo el router. Nasti. Internet ha caído.
Oh dear, al final va a resultar que esto sí que es el fin del mundo.
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