domingo, 13 de enero de 2013

Brote 09: Realidad

Acabo de vivir la experiencia más rara de mi vida. Puedo afirmar, sin ningún tipo de duda, que aquí está pasando algo que saldrá en los periódicos, si es que alguna vez se vuelve a imprimir alguno.

Después de haber llenado de agua potable todas las botellas vacías que tenía por casa (y maldecir por no tener una bañera), decidí ir a buscar a Teemu. Muy fácil en la teoría, muy difícil en la práctica. Ha pasado más de un día desde que se fué a la universidad, así que podría estar en cualquier parte. Pero no sé por qué sentía el impulso de ir a su facultad a buscarle. Al menos quedaba cerca de mi escuela, así que podría pasarme a ver si alguien tenía idea de qué demonios estaba pasando. También tenía pensado pasar por el centro de la ciudad, a ver cómo estaban las cosas por allí. Aunque antes me pasaría por la comisaria. Así que metí en una mochila una botella de agua, un pequeño botiquín compuesto por unas pocas gasas, tijeras, yodo y ibuprofenos, mis guantes gordos, mi móvil (con la mitad de la batería disponible y bajando) y las llaves de casa. Me abrigué bien, ya que estabamos a -17ºC y iba a andar bastante rato. Cuando ya estaba saliendo de casa, me dio por llevarme el stick de floorball conmigo. Por precaución, me susurró una voz de la parte derecha de mi cabeza. Ya en el descansillo, pegué la oreja en la puerta de Vecina Siniestra. Nada. Mejor.

En la calle no se oía nada. Sólo el crujir de mis pasos por la nieve. El nivel de nieve acumulada sin limpiar de las calles alcanzaba unos diez centímetros. Ni una marca en ellas. Un desierto de dunas blancas. La calzada estaba impoluta, ningún vehículo había circulado por allí, o habrían dejado huella. El aire olía a sequedad helada, se me hacía difícil respirar con normalidad. Llegué a la comisaria, o a lo que quedaba de ella. El edificio se desparramaba por más de media calle, obstruyéndola por la parte oeste. Los cascotes se amontonaban caóticos. Dudé en alzar la voz, preguntar si allí había alguien. Me estremecí. Debía haber venido antes, con estas temperaturas, quienquiera que hubiera en la comisaría, si no murió en la explosión, no habría sobrevivido una noche a la intemperie. Sentí un calambrazo por toda mi espalda. Estaba delante de una tumba gigante. Retrocedí sin pensar y emprendí el camino hacia la universidad, azorada por los sentimientos de culpa. No era fácil caminar por la nieve virgen, sin saber muy bien por donde se pisaba.

En la facultad de Teemu no encontré nada bueno. Estaba desierta. No eran más de las doce del mediodía, debería estar rebosante de alumnos de aquí para allá. En el hall de entrada encontré muchos diarios tirados por el suelo, pero nada más. Visité la cantina, en la que había comido bastantes veces con Teemu y donde cabían cientos de estudiantes. No había nadie. La fecha del menú del dia era de un par de días antes. ¿Qué estaba pasando? ¿Donde estaba todo el mundo? El silencio me estaba volviendo loca. Me parecía oir ruidos inexistentes o vocecillas por los pasillos. Pero la verdad es que en ese inmenso edificio, no había nadie. Llamé a Teemu con la esperanza de escuchar su melodía de llamada en alguna parte del edificio, pero no pasó nada. Un mensaje en finés y en inglés me hacía saber que era imposible comunicarse con el usuario de esa línea. Genial. Con el alma en los pies, me fuí al centro de la ciudad, donde esperaba encontrarle un sentido a todo esto.

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