Algún lugar del interior de Letonia, cerca de la frontera con Bielorrusia
...revisado mi equipo por quinta vez al llegar al oscuro caserón destartalado. El petate pesa menos cada día. La última semana ha resultado inútil. Nada aprovechable, excepto pienso para caballos, una botella medio vacía de Laua Viin y una lata de pescado en conserva. Sigo cojeando y la rodilla tiene mala pinta. Maldito caballo. No para de llover y Bea no deja de hablarme. Aún no he encontrado ninguna ciudad, pueblo o aldea que no esté llena de ellos. No es tan fácil como en las películas, no soy Rambo. Desde que llegué a tierra firme no he hecho más que huir. Ni siquiera tengo un mapa, sólo la pequeña brújula-llavero que cuelga de mi petate. Algo que con toda seguridad me llevará a los Cárpatos antes que a casa. ¿Y para qué quieres llegar a casa? me pregunta sin cesar Bea. No lo sé. En realidad no lo sé. Pero es lo que la gente hace, ¿no? Volver a casa. Todo el mundo prefiere morir en casa. Bea me mira en silencio. Silencio. Un silencio que se ha convertido en mi compañero de viaje. Sólo interrumpido ahora por el chapoteo incesante de la lluvia, golpeando y atravesando el podrido techo que me cubre. Está oscureciendo. Tengo frío. Estoy muy cansada.
***
Nunca había tenido Hambre. Once días desde que desembarqué, a base de agua y pienso para caballos. Y ya ni eso, me acabo de comer el último puñado que me quedaba. Hoy las temperaturas vuelven a estar bajo cero, ha vuelto a nevar y mi rodilla está tan inflada que no puedo doblar la pierna. Creo que la herida está infectada y puede que tenga fiebre. No paro de acordarme de Alexander Supertramp y su autobús mágico. Su final ya no me queda lejos. Lástima que mi cuaderno no sea ni la mitad de interesante que el suyo. No debería malgastar el papel ni la tinta, pero hace horas que no veo ni escucho a Bea y no quiero estar sola. Curioso cómo pueden acompañar unas hojas vacías. Pienso en las deliciosas raciones del ejército y en el completo botiquín que con tanto esmero conseguimos en Helsinki. Pienso en los mapas que no tengo, pienso en el cuerpo de Bea, al que abandoné sin poder enterrar. No pienso en Teemu. Ni en mi familia. Ni en el Matriarcado. Para nada. No. Qué va. Tampoco pienso que éste sea un lugar cutre en el que morir.
-Porque no vas a morir aquí. Así que levanta.- dice Bea, que aparece en mangas de camisa a mi lado. Suelto el boli y la miro incrédula. Sonrío.
-Pensaba que te habías ido.
-No te vas a librar tan fácilmente de mí. Venga, arriba, culo de melocotón.
-No puedo, ahora mismo estoy delirando.- Añado con una sonrisa forzada. Bea frunce el ceño. Agacha la cabeza y me mira por encima de sus gafas, con sus grandes y preciosos ojos azules.
-Me iré si no lo haces. Y ya sabemos qué bien te sienta el silencio.- Bea mira a mi alrededor y alza una ceja. Sigo su mirada y encuentro mi fusil, al que en las últimas horas he observado con ojos deseosos.
-Está bien... ¿qué quieres que haga?
El oscuro y destartalado caserón ocultaba más que alguna sorpresa. Sintiéndome pletórica, más por la fiebre y la inanición que por puro valor, bajé al sótano, algo que como todo el mundo sabe no debe hacerse en una peli de terror. Pero me moría literalmente de hambre y mi pierna necesitaba un ibuprofeno aunque fuera. A Bea ya no la veía, pero me susurraba palabras de aliento al oído. Arrastrando la pierna, haciendo un ruido de mil demonios, con la linterna en una mano y el cuchillo en la otra, rezaba por no encontrarme con nadie. Lo primero que me golpeó fue el nauseabundo olor de la descomposición. Si tuviera algo en el estómago, lo habría vomitado al instante. La pequeña habitación subterránea, oscura como el averno, sin ventanas, con techos bajos y abovedados y con el suelo de tierra, se parecía más a una vieja cava que a un sótano convencional. Aunque lo que fermentaba ahí abajo no eran vinos, si no unos veinte cadáveres que cubrían el suelo y se amontonaban en diferentes estados de putrefacción. Estaba claro que habían muerto de forma violenta y muchos estaban brutalmente mutilados. A algunos los habían empalado y clavado al suelo, como si hubieran querido evitar que se movieran del sitio. A lo vampiro centroeuropeo. Cuando estaba a punto de darme la vuelta para salir de ésas catacumbas improvisadas, la luz de mi linterna destelló en unos botes de cristal, justo por encima de los cuerpos y al otro lado de la habitación. Parecían botes de mermelada. Mi boca salivó al instante y mi estómago tocó el suelo de la impresión. Paseé la linterna, temblando de la emoción, para comprobar que me había tocado la lotería. No sólo había mermelada, latas de conserva se amontonaban en un estante que tocaba el techo, junto a un pequeño armario de madera que tenía pinta de despensa.
-¿A qué esperas?- Bea exclama a mi espalda. Me giro sonriendo, pero ella no está. Vuelvo a mirar hacia mi premio gordo, me guardo el cuchillo en la pernera y enfoco al primer muerto que debo pisar para llegar a la comida. Sólo los gusanos rompen el silencio, con su roce al moverse sobre la carne pútrida. Se convierte en un ruido inquietante y continuo.
-No lo pienses más, ¡vamos!-
-¡Ya voy, joder, ya voy!-Los cuerpos están amontonados de forma escalonada, en cinco pasos debería ser capaz de llegar a los estantes. Exhalo y sacudo la cabeza, carraspeo y doy el primer paso. Las costillas crujen bajo mi peso y un fuerte olor a metano me golpea. No quiero mirar hacia abajo. Arrastro la pierna mala y un pinchazo de dolor me doblega. Me apoyo en uno de los palos que sujetan a los pútridos escalones, pero cede. Pierdo el equilibrio y caigo de boca contra lo que parecen los intestinos licuados de lo que alguna vez fue un hombre. La linterna se pierde entre los cuerpos y me quedo en la más asquerosa de las oscuridades. Entro en pánico. Los gusanos siguen reptando. Las moscas zumban a mi alrededor. Tengo intestino licuado por toda la cara, no veo nada y no puedo levantarme. Y el olor, oh Dios, el olor. Por no hablar del sabor. Ugh. Arcada. Arcada. Vomito. Sabor ácido y ardiente de bilis en la garganta. Levantarse con una rodilla fastidiada nunca ha sido fácil, mucho menos si cada vez que lo intentas resbalas con fluidos putrefactos y tu propio vómito. Finalmente, tras recaer un par de veces y arrastrarme por encima de lo que al tacto parecían dos torsos abiertos, pude apoyarme en una mandíbula con dientes mellados. La linterna había caído entre los muslos de una mujer entrada en carnes y iluminaba directamente y en primer plano sus genitales hinchados por la descomposición. Agradecí al clima helado el llevar guantes y recuperé la linterna. Exhausta, enfoqué mi meta, a menos de un metro de distancia. Un gusano escalaba por mi oreja, las moscas se apoyaban en mi nariz, tenía el pelo alborotado, sucio y enganchado a la cara, pegajosa de fluidos humanos varios. Apestaba. Sólo esperaba que la mermelada no fuera de ciruelas.
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