martes, 15 de septiembre de 2015

Brote 33: Echar a volar

Cuaderno blanco
En algún lugar del continente europeo.

Hace tanto que no escribo que ya no sé si tiene sentido. Lo que empezó hace ya muchos años como una escapada al norte se ha convertido en esto. Soledad. La más mísera de las soledades, aquella que no es deseada. ¿Qué hago yo aquí? ¿Por qué me fui de mi casa, de mi país, de mi mundo? ¿Para qué exactamente? Atrapada. Siempre me he sentido atrapada. Casi siempre por mí misma. Ahora, en medio de la muerte y la tristeza, estoy aprendiendo a escapar. Por fin. Como cuando Ramón Sampedro se echaba a volar por las ventanas y recorría las costas de las que ya ni siquiera podía oler el salitre. Yo ya vuelo. Volar y volver a casa, a las extrañas y domésticas costumbres, a los olores, tan fuertes como abrazos cálidos, a los odiados momentos de descafeinada rutina, al ver los ojos de mis padres, cansados y ajados por el tiempo, alegrándose una vez más al volver a verme. Volar. Volar y ver cómo todo ha cambiado sin mi, cómo ha seguido la vida de los otros, cómo de alto es mi sobrino y cómo casi todo lo que he vivido se ha perdido en el olvido. Volver volando y pasear por aquél parque en el que me besaron por primera vez y descubrir que todo sigue, que nada dura, que soy un espectro, un recuerdo que sólo se recuerda a sí mismo. Nunca podré volver a casa. Ahora lo sé. Mi casa ya no existe. Sólo puedo volar a ella pero voy a dejar de hacerlo, me duele demasiado. Nunca lograré volver, así que la mantendré congelada, en una esquina, enterrada entre los escombros de lo que alguna vez fui yo. Ya no lo soy. No puedo serlo, no quiero. 

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