Castillo de Mir, provincia de Goradnia, al sudoeste de Bielorrusia.
No era extraño que de vez en cuando nos cruzásemos por los pasillos. Miradas más o menos furtivas me recorrían de arriba a abajo y yo apretaba el paso. La vida en el castillo era dura, fría y peligrosa. Varios grupúsculos se habían apoderado de las diferentes alas del complejo y la convivencia era tensa. Aunque el pétreo edificio ofrecía refugio y magnífica resistencia contra los pútridos, yo sólo contaba las horas para largarme. La primavera había llegado por fin y aunque la semana de descanso le había sentado fenomenal a mi cuerpo, una gran mosca revoloteaba tras mi oreja. Bea no paraba de susurrar ¡Peligro, peligro! y las grandes y oscuras salas en las que el silencio rebotaba no presagiaban nada bueno. Así que cuando en medio de la noche dos tipos tiraron mi puerta abajo, sabía exactamente qué querían de mi.
Y lo consiguieron. Vaya si lo consiguieron. Ojalá pudiera decir que estaba preparada para el asalto, que me pillaron cuchillo en mano y que les descuarticé sus asquerosos miembros uno a uno. Pero no. Lo cierto es que me noquearon con la culata de un kalashnikov y cuando recobré el sentido estaba atada a la cama, con uno de ellos encima, penetrándome. Todo dolía. Las cuerdas que me sujetaban me deshollaban las muñecas y los tobillos, la cabeza me iba a explotar y podía notar cómo mi ceja izquierda estaba rota e inflada por el golpe, el sabor de la sangre inundaba mi boca. Entre mis piernas un ardor horrible e incesante, como si un hierro candente me estuviera devorando por dentro. Mientras uno me violaba el otro miraba y se masturbaba, animando a su compañero. Al abrir los ojos, el que tenía encima empezó a asfixiarme y yo no pude más que desear que lo consiguiese. Al menos entonces todo habría acabado. Todo se oscurecía y no paraba de escuchar a mi padre cuando me contaba lo dulce que parece la muerte cuando tu cuerpo está al límite, lo mucho que la deseas como descanso, como recompensa, como el fin del sufrimiento. Creo que incluso sonreí. Ya no me quedaba mucho para descansar.
Cuando desperté era de día y seguía atada a la cama. Seguía viva. Tiritaba de frío. Estaba sola. Todo dolía. Imaginé que tarde o temprano volverían, que me había convertido en su pequeño juguetito. Pero nadie volvió. No me atreví a gritar hasta el segundo día. Estaba claro que me habían dado por muerta, ¿pero por qué habían abandonado el castillo? No tenía sentido. Grité hasta que me quedé afónica. No tardé demasiado. Estaba claro que moriría en un par de días como máximo si no podía desatarme. Cuando anocheció acabé de perder la noción del tiempo. Empecé a ver formas en las sombras que se dibujaban en el techo de la habitación, y las motas de polvo revoloteaban como copos de nieve a mi alrededor.
-No me digas que echas de menos la nieve.- Dijo Bea, apareciendo al otro lado de la cama.
-Echo de menos todo lo que no he podido hacer.
-Has hecho todo lo que has podido.
-¿Bea?
-¿Sí?
-Has venido a recogerme, ¿verdad?
"Només si tu vols."
Abro los ojos. Alguien corta las cuerdas, me tapa con una manta, me coge en brazos. Atravesamos varios pasillos y llegamos a una sala iluminada por una chimenea. Me sienta en una butaca cerca del fuego. Va cubierto con un traje de kevlar que parece de las fuerzas especiales. La cara, cubierta con una espesa barba salpimentada, me resulta familiar. Pero no puede ser. Sigo imaginando cosas. Seguramente aún sigo atada a la cama. Se arrodilla frente a mi y me acaricia la cara, mirándome a los ojos y frunciendo el ceño.
-Però es pot saber què fots aquí?- Sonrío. Estoy salvada. Me desmayo.
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Vicenç había llegado al pueblo de Mir siguiendo los consejos de un par de tipos a las afueras de Minsk que le habían hablado de un castillo con parte de lo que quedaba de la resistencia bielorrusa. Cuando llegó al castillo encontró a cuatro soldados a punto de marchar hacia Minsk donde decían que existían puntos seguros. Vicenç no intentó pararles ni decirles la verdad. No había ningún punto seguro en Minsk. A éstas alturas, no existía ningún punto seguro en ninguna parte. Les deseó suerte y entró al castillo. Nunca pensó que encontraría a una de sus amigas atada a una cama, desnuda, cubierta de sangre y delirando. Era evidente que la habían violado, tenía media cara completamente amoratada, con una ceja tan inflada que le cubría el ojo izquierdo. Dos manos enormes y grises le enmarcaban el cuello, La piel de alrededor de muñecas y tobillos había desaparecido y sangre seca cubría varias partes de su escúalido cuerpo. Era la fantasmagórica imagen de la que alguna vez fue su curvilínea amiga. La última vez que supo de ella vivía en Finlandia con su novio y hacía más de dos años que no se veían. Tal y como estaban las cosas pensaba que nunca jamás volvería a verla. Pero ahí estaba, en medio de Bielorusia, medio muerta y congelada. Conociéndola, Vicenç no pudo más que sospechar que ambos habían tenido la misma idea: volver a casa.
Cuaderno blanco
Castillo de Mir, Bielorusia, 12 mayo 2013
A este cuaderno sólo le quedan un par de hojas en blanco. Hace ya más de tres meses que empezó ésta locura y se siente como una década. Vicenç apareció de la nada, como un caballero andante al rescate hace una semana. Se ha portado fenomenal conmigo. Me preparó lo más parecido a un baño caliente y me curó las heridas, cosiéndome la ceja mientra Bea me guiñaba el ojo y me susurraba "Ahora vamos a la par." Lo cierto es que Vicenç no habla mucho y yo aún tengo la voz algo ronca. Pero no nos hace falta hablar demasiado. Tiene una pequeña agenda en la que apunta frases cortas y diferentes datos cada día y gracias a eso ya sé en que día vivo de nuevo. No sé que voy a hacer con éste cuaderno una vez lo termine. ¿Lo quemo? ¿Lo cargo conmigo? ¿Lo entierro para que dentro de tres siglos algún antropólogo lo encuentre y entienda cómo el mundo se fue a la mierda? Todo es vanidad. Ya no estoy sola. ¿Pero cuánto durará? Tengo mil preguntas. Vicenç viene de Rusia, de donde se supone que empezó todo esto. Verle aquí me da esperanzas. Si ha podido llegar hasta aquí, sé con certeza que volver a casa es posible. ES POSIBLE.
Fin del cuaderno blanco.
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