22 junio 2013
Parque Nacional Pripyat-Stokhid, Ucrania.
No es la primera vez que paso una víspera de San Juan en medio del bosque, cerca de un lago. De hecho el año pasado lo pasé con Teemu y su familia en su mokki, con hoguera, sauna y un sin fin de makkara asadas. Se me hace la boca agua sólo de pensarlo. No es que el jabalí me disguste, al contrario, me lo estoy comiendo con reverencia, al ser la primera carne que mastico desde que empezó todo esto. Pero no puedo dejar de mirar al fuego y imaginar que Teemu aparecerá de la nada, envuelto en una toalla, recién salido de la sauna y sonreirá al verme. Quien aparece a mi lado es Bea. Se sienta en mi tronco y acerca las manos al fuego como si fuera a calentarse.
-¿Cómo llevas la rodilla?
- Así, así... Al menos ya puedo doblarla, aunque me sigue doliendo horrores.
-¿Y qué tal con el barbas?
-Vicenç.
-El barbas.
-No lo sé, no habla mucho.
-I tu només parles amb el teu amic invisible.
Vicenç me mira desde el otro lado del fuego, con su traje de kevlar polvoriento y su fusil de asalto al hombro. Bajo la cabeza y aparto la mirada. No puedo verle. Es mi amigo, sigo viva gracias a él. Me sacó del castillo en Bielorusia, curó mis heridas y me ha arrastrado hasta aquí, alimentándome y cuidándome por el camino. Forzándome a caminar cuando no podía tenerme en pie, cargándome al hombro cuando he desfallecido. Pero no puedo mirarle. Ni hablarle. No puedo. Me avergüenzo de mi misma. Soy patética. Debería estar muerta. Hace tiempo. ¿A quién quiero engañar? ¿Cómo pude ser tan ingenua y pensar que podía llegar a casa? ¿Yo? No soy la última superviviente, no soy nada...
-Mira'm, siusplau. Mira'm! Reacciona!- Vicenç me agarra de los brazos y empieza a sacudirme. Entro en pánico, me levanto.
-¡Suéltame, me haces daño, suéltame!- Empezamos a forcejear hasta que tropiezo y ambos caemos peligrosamente cerca del fuego.
-Vols fer el favor d'estar-te quieta?- Consigo zafarme y le doy una bofetada con toda la fuerza que puedo reunir. Que no es mucha ya que su cabeza ni se mueve tras el impacto. Pero sus ojos se abren como platos y se aparta instantáneamente de mi. Caigo en mi error. Vicenç se levanta y se mete en el pequeño refugio de cazadores que nos sirve como casa. No digo nada. ¿Qué puedo decir? La he cagado.
Ha anochecido. El fuego hace rato que se ha consumido y tengo frío. El bosque no deja de hacer ruidos y sólo quiero acurrucarme en el camastro con Vicenç y suplicarle perdón. Pero no puedo moverme. No puedo levantarme y darme cuenta de que ha atrancado la puerta. No podría soportar el rechazo. ¿Y si ha decidido continuar sin mi? ¿Y si despierto y ya no está aquí? Bea aparece de nuevo con cara de preocupación.
-¿Estás bie...
-¡Vete de aquí! ¡Desaparece! Todo esto es por tu culpa.- Le grito mientras azuzo las manos en su dirección como si quisiera que se vaporizase ante mis ojos. Paso por su lado y me dirijo a la cabaña. Abro la puerta y Vicenç está sentado en el camastro, con los codos en las rodillas y las manos en la cabeza. No se mueve cuando me oye entrar. La tenue luz de la luna se cuela por el único ventanuco de la sala y baña su silueta a contraluz. En silencio me arrodillo ante él y apoyo mi frente en la suya. Exhala. Mi rodilla está gritando de dolor. No voy a poder aguantar demasiado en esta postura. Cubro sus manos con las mías, él las relaja y las apoya en mis hombros. Mi pierna empieza a temblar. Esconde su cabeza en mi cuello, me abraza y empieza a llorar. Tiembla entre mis brazos y no deja de sollozar. Mi pierna no da para más y me venzo hacia un lado. Vicenç cae conmigo al suelo sin soltarme y me aprieta contra sí como si pudiera salvarle. Nos quedamos así hasta que se calma, hasta que su respiración en mi cuello se relaja y empieza a sufrir los espasmos de los que están a punto de quedarse dormidos. Entonces le apremio para que se meta en la cama. En silencio se quita la armadura y las botas y se mete en el destartalado camastro, que cruje al acomodarlo. Alarga la mano y me agarra de la muñeca.
-Gràcies.- Me dice, mientras se gira hacia la pared, dejándome un minúsculo hueco en el que dormir. Me quito el abrigo y las botas, dejo mis gafas bajo la cama y me acurruco junto a él. La andrajosa manta que nos cubre huele a moho. Vicenç no tarda en hablar en sueños y yo me paso la noche sin dormir.
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