A las afueras de Helsinki.
Es extraño despertar en un lugar desconocido. Apartando las razones obvias (desconcierto, confusión…), uno puede llegar a pensar que es otra persona. Lo cierto es que ahora, en este pajar abandonado, en esta cuadra trasnochada, con el frío polar colándose por todos los rincones y rodeada de compañeros inusuales de viaje, no me siento yo misma. Miro a mi alrededor, ellos aún duermen. Ella, con su ojo aún más inflamado que ayer y él, murmurando viejas canciones en sueños. Tímidos rayos de luz se cuelan entre las pútridas maderas, señalando que pronto deberemos partir. ¿A dónde? A lo incierto. Escribo por fin en este cuaderno en blanco, dejando constancia de una aventura que no quiero vivir, de este viaje que es pesadilla, del miedo que tengo a que todo esto sea real. ¿Qué hago yo aquí? Esperamos llegar a Helsinki y encontrarle un sentido a todo esto, pero ¿qué ocurrirá si en Helsinki no hay respuestas? Tengo miedo. No quiero llegar. Esta no es mi vida, esto no es real. ¿Por qué no puedo cerrar los ojos y despertar a su lado? No soy fuerte, nunca lo he sido. No he sabido afrontar problemas, siempre he huido de ellos. Ni siquiera sé quién soy, ¿cómo voy a saber qué está pasando o qué debo hacer? No sé si puedo continuar, no sé si debo. El horror del camino me susurra que no es nada comparado con lo que me espera. Y si algo he tenido siempre, ha sido instinto. El mismo que no me ha dejado dormir y que me hace saber que nos acercamos a un gran peligro. Pero, ¿qué opción nos queda? Ya no hay vuelta atrás. Bea se despierta, debo dejar de escribir.
-¡Uff, qué frío! Buenos días, melocotón. ¿Estás escribiendo?-
-Eso parece.- Sonrío lacónicamente y guardo el cuaderno en mi mochila. –No deberíamos tardar mucho en irnos, hay que aprovechar la luz.- Salgo de mi saco y me pongo las botas. Bea asiente y zarandea a Lester para despertarle. Mientras tanto, saco el pequeño hornillo de la mochila y me dispongo a montarlo. Lester sale a mear y al volver trae un bloque de nieve virgen, que pone al fuego. Bea saca un par de sobres de café soluble. Algo caliente, al fin.
Cuaderno blanco
En algún lugar de los países bálticos.
Estoy en algún lugar del continente europeo, entre los países bálticos y Rusia. Quiero creer que en Estonia, pero aún no lo sé. Estoy sola y herida. He perdido la mitad de mi equipo y Bea está muerta por mi culpa. Todo es por mi culpa. Todo empezó a ir mal en Helsinki, como me temía. La ciudad estaba aparentemente desierta, destrozada, arrasada, como si un huracán hubiera morado en ella durante una semana. La familia de Lester tenía una casa muy cerca del puerto, con un amarre privado, dónde nos fue posible descansar un par de días. Mientras saqueamos la ciudad en busca de provisiones, encontramos panfletos que llamaban a la población civil a aislarse y a no salir del país. Fuera lo que fuera, había pasado muy rápido. Como muestra, el puerto de Helsinki. Aquél puerto parecía el reino de Davy Jones. Toda la calma bahía estaba repleta de barcos hundidos, de todos tamaños y colores. Desde ferrys, pasando por cruceros, yates y pequeñas embarcaciones de recreo. El mar báltico es uno de los más tranquilos y poco profundos. Además, su baja salinidad le hace parecer una gran balsa. Una gran balsa semicongelada llena de barcos hundidos, con cuerpos en salvavidas fluorescentes aquí y allá. Mirar al mar era mirar al horror. Y aún así, ése era nuestro camino.
La familia de Lester poseía un pequeño bote, no más grande que una zodiac, que utilizaban los días de verano para pescar por la bahía. En invierno, descansaba en el garaje familiar, justo donde la encontramos. Tras ponerla a punto y amarrarla, sólo nos faltaba cargar algo de equipo, un poco de keroseno extra y ropa de abrigo para la travesía. Teníamos pensado llegar a Tallin, Estonia, el puerto más cercano, partiríamos al día siguiente. Faltaba poco más de una hora para que anocheciera y ya empezaba a hacer frío en el amarre. Yo estaba algo cansada y apremié a Lester para entrar en casa. Bea se vino conmigo y Lester prometió no tardar más de cinco minutos. Pero pasó más de media hora y Les no había vuelto, así que nos echamos los rifles a la espalda, como de costumbre, y salimos a ver qué pasaba. Todo pasó tan rápido, que es sólo ahora cuando puedo procesar qué pasó. Nos encontramos con tres hombres armados, uno sujetaba a un magullado Lester, mientras los otros dos estaban intentando arrancar la barca. Cuando Les nos vió, no se lo pensó dos veces, le propinó un cabezazo al que le sujetaba y saltó contra los que estaban en el bote. Eso nos dio el tiempo justo a nosotras para disparar a diestro y siniestro, presas del pánico y de la adrenalina. Saltamos a la barca entre lo que me pareció una ensalada de tiros y acabamos con los dos polizones. El que se había quedado en tierra, noqueado por Lester, empezaba a espabilarse. Les saltó a por él mientras Bea encendía el motor de la barca. Teníamos que irnos, más hombres armados habían aparecido de la nada y algunos ya nos disparaban desde la lejanía. Gritamos a Lester, quién había apuñalado al tercer hombre. Él se giró hacia nosotras, y en vez de subir al barco, lo empujó con un pie. Nos sonrió y nos dijo adiós con la mano. Quise saltar, cogerle de un pie y arrastrarlo hasta nosotras, pero Bea aceleró y solo pude gritar mientras un grupo de hombres derribaba al gran Lester Brisco. Tras verle caer, empezaron a dispararnos, pero ya estábamos demasiado lejos.
Yo lloriqueaba y temblaba, agazapada entre los cuerpos que viajaban con nosotras. El viento helado me golpeaba, mientras Bea manejaba el pequeño volante a unos pocos centímetros de mí. De repente, Bea paró el motor y se cayó. Tenía un balazo en el costado, a la altura del hígado. La sangre le empapaba la ropa. ¿Cuánto tiempo había estado haciendo como si nada? Con un ojo aún medio cerrado y escupiendo sangre, me miró. Una mirada llena de incredulidad y terror junto con una sonrisa de dolor y ternura. La abracé. ¡La abracé tantas veces! Se me iba. La tenía entre mis brazos, pero ella se marchaba. No fui capaz de decir nada y ella tampoco. Nos miramos fijamente, con el viento del norte azotando nuestras caras. Me agarró muy muy fuerte mientras boqueaba su último aliento y mientras sus manos y el resto de su cuerpo perdían todo atisbo de vida, le dí un último beso. Ella ya no estaba. Grité, chillé y lloré como todos aquellos que han perdido a alguien de manera injusta. Me quedé abrazada a ella hasta que mis músculos empezaron a entumecerse y ella empezó a quedarse fría. Y entonces me preocupé por los dos muertos que comenzaban a moverse.
Aparté delicadamente el cuerpo de Bea, cogí el cuchillo de caza que llevaba en mi pernera y me dirigí al primero de ellos. Aún yacía en el suelo, con pequeños movimientos de dedos y cara, señalando que quedaba poco para su vuelta. Le clavé el cuchillo en el ojo derecho. Luego en el izquierdo. Le dibujé una sonrisa de Glasgow, le corté las orejas, empecé a rebanarle el pescuezo, me salpiqué la cara de sangre, seguí cortando aquí y allá, rasqué hueso, mellé el cuchillo, le arranqué la lengua, desaté toda mi furia en él hasta que me di cuenta de que el otro se abalanzaba hacia mi. Sin mucha ceremonia, lo empujé y cayó por la borda. Tras eso, vi la carnicería que había montado. Me horroricé a mí misma. Estaba ensangrentada de pies a cabeza, llena de trozos de piel, carne y hueso de un hombre semidecapitado en medio del mar báltico. Vomité. La barca se mecía suavemente de un lado a otro. Empecé a tirar el cadáver (y sus trozos) por la borda. Volví a vomitar. ¿Era yo capaz de haber hecho todo eso? Puse la barca en marcha, sin saber a dónde ir. Miré a Bea, sonreí. Seguí las indicaciones de la brújula y puse rumbo sureste cuando ya caía la noche sobre nosotras.
No se porqué, pero te he visto gritar "Lesteeeeer!"; en ese momento estaba inmersa totalmente en la historia, me ha gustado mucho. Y la psicosis final al volverte a quedar sola es pa' morirse!! Me ha molado, sigue asi!!
ResponderEliminarSaruky
Ah, se me olvidaba......WE WANT MOOOOOOORE!!!
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