Una cascada de sangre roja caía por los tres escalones que llevaban al lavabo de Els Genis. Rojo carmín, resbalaba por debajo del quicio de la puerta, al principio rápidamente, con furia, para irse calmando con el pasar del tiempo. Todo el Matriarcado lo había visto. Judith había aporreado la puerta incesantemente, llamando a Tirso, hasta que sus All Star se empaparon de sangre. Desde entonces y con Sara diciendo intermitentemente No queréis entrar ahí, el grupo se había limitado a observar en silencio la cascada sangrienta sin saber muy bien qué hacer. Hasta que, de repente, empezaron a escuchar ruidos que provenían del lavabo. Primero un crujir de huesos, después algo se arrastraba por el suelo, y a los pocos segundos, un gruñido. Y entonces, bam, la puerta estaba siendo aporreada, el pomo movido. El pánico no tardó en propagarse y el Matriarcado se asió a lo que buenamente pudo. Eli agarró su muleta con fuerza, Judith cargó con su bajo al hombro, Sara recogió el pequeño botiquín del local y el cuchillo jamonero con el que llegó a Els Genis, Javi sacó el bate de béisbol de debajo de la barra y Lara... Lara se quedó petrificada. No se creía nada de lo que estaba pasando.
Automáticamente, en silencio, con la magia de los amigos que se conocen bien, se acercaron al boquete de salida del local y miraron a lado y lado de la calle en ruinas. Vacía, desoladoramente vacía. Salieron al exterior y instintivamente se dirigieron calle del Mar arriba, hacia el ayuntamiento de la ciudad. Allí siempre había una patrulla de policía. No tardaron mucho en darse cuenta de que Lara se había quedado atrás. De hecho, ni siquiera había salido de Els Genis. De hecho, necesitaba ver para creer. De hecho, se había quedado plantada delante de la puerta del lavabo, que estaba a punto de ceder. Cuando Javi llegó a la escena, unos segundos antes que las demás, vió a Lara con un casco de moto ensangrentado en la mano y pisando el cráneo de Tirso. Lo pateaba contra los escalones, salpicando sangre por todas partes, con un ruido, un chasquido de cemento y hueso que erizaba la piel. Cuando Lara vió llegar a Javi, y momentos después a las demás, apretó el casco con fuerza, bajó la mirada y sin decir palabra, salió de Els Genis. Judith vomitó.
En la calle todo era muy extraño, casi como si estuvieran en medio de una guerra. La calle del Mar, la calle del comercio por excelencia del centro de la ciudad, estaba medio en ruinas. Las tiendas estaban abiertas y abandonadas, las alarmas sonaban estridentemente, cristales por todas partes, casquillos de bala aquí y allá, fuego en algunos locales... Recorrieron la larga calle con prisa, mirando de un lado a otro, sordos y aturdidos por el ruido. El día era sombrío y hacía frío. En sus cabezas miles de preguntas y miedo, mucho miedo. Cuando llegaron a la plaza del ayuntamiento, la escena era dantesca, apocalíptica. Mucho peor de lo que podían imaginar. Del balcón del consistorio colgaba ahorcado y carbonizado el que parecía el alcalde, al que le faltaban la mitad de las piernas y que aún así, abría y cerraba la boca y se balanceaba de un lado a otro, cual veleta al viento. Al mismo tiempo y casi con la perfección de una coreografía, decenas de cuerpos animados empezaron a salir de todas partes, de los locales abandonados y en llamas, de las calles adyacentes, del ayuntamiento, incluso de debajo de los cascotes que cubrían la plaza. El Matriarcado, cada vez más rodeado, nervioso, cagado y sin salida, bajó corriendo y a empujones las pequeñas y estrechas escaleras que llevaban al Refugio de la Guerra Civil del centro de la plaza que se usaba para exposiciones artísticas. Al otro lado de la verja se encontraron con un par de no nomuertos. Eran una pareja de punks de la vieja escuela, de treintaytantos, Manu y Lola. Ella, con mallas, minifalda escocesa, top de rejilla, pelo corto mitad azul, mitad negro, alta y atlética. Él, piel morena, delgado pero fuerte, pitillos negros ajustadísimos y rotos por las rodillas, riñonera atestada, camiseta con el símbolo de Anarquía en rojo y una gorra gastada llena de pinchos bajo la que se escondía una cresta mohawk roja. Ambos sonreían. El Matriarcado les miraba alucinado.
-Bienvenidos al fin del mundo.- Sonríe Lola tocándose un pecho.
BRUTAL el encuentro final....quiero maaaaaaaaass!! XD
ResponderEliminarSaruky