sábado, 23 de febrero de 2013

Brote 14: El fin de los días

La oscura y pequeña sala estaba rebosante de cuerpos jóvenes y sudorosos. El calor húmedo y sofocante se les pegaba a la piel. La música vibraba a través de los grandes altavoces colgados a cada lado del local. El suelo temblaba. Faltaban diez minutos para que Judith actuase con su banda. Ese bolo había causado cierta expectación, ya que iban a tocar nuevas canciones. Eli, con su pierna algo dolorida, acababa de llegar. La esperaban Sara, Lara y Javi. La banda salió al pequeño escenario, empezó el concierto. Judith, la bajista, lo dió todo, incluida su camiseta, al público entregado y receptivo. Sara, que era capaz de liarse un cigarro con una mano a la vez que se bebía una cerveza, salió a fumar a la calle. En ésa zona de Barcelona, a  aquellas horas, era normal ver todo tipo de fauna urbana. Sacó un mechero de su pequeño bolsito estampado de leopardo y se encendió el cigarro. A veces, se agobiaba en medio de tanta gente. Un par de yonkis con muy mala pinta se le acercaban. Estaban totalmente colocados, prácticamente se arrastraban para caminar. Decidió volver a entrar al bar. Sus amigos saltaban y se movían al ritmo de la música, mientras Judith gritaba y se contoneaba en el escenario. Cuando acabó el bolo, se reunieron todos en la barra del bar y se tomaron unos chupitos celebrando el éxito de la convocatoria. Entre carcajadas recordaban viejas anécdotas que no se cansaban de contar una y otra vez. El alcohol corría por sus venas como el agua por los ríos, furiosa y fácilmente. Formaban un grupo unido, un gran matriarcado de mujeres fuertes, decididas, valientes, independientes, libres. Se conocían desde el instituto, hacía más de diez años. Eli, Sara y Judith vivían juntas. Javi, el hombre de la manada, era capaz de perder un riñón por cualquiera de ésas niñas, de ésas perras con las que había vivido más de un momento surrealista. Lara, con su sonrisa imborrable, esperaba paciente la vuelta de Vicenç, su novio, que se había ido a trabajar a Rusia. Vivían felices y ávidamente los cada vez más infrecuentes momentos juntos. Se conocían bien. Eran los compañeros que se conocen por encima de la voz o de la seña. Qué poco sabían sobre lo que les venía encima. 

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