Miro a mi izquierda. Unos dos metros escasos me separan de la verja metálica del cementerio viejo. No medirá más de medio metro de altura. La nieve lo cubre todo, incluso a las diez o quince personas que están inmóviles dentro del cementerio. Al instante me doy cuenta de que son ellos. No se mueven. Están repartidos aquí y allá por todo el lugar, con capas y capas de nieve pegadas al cuerpo. Son extraños de ver. Muñecos de nieve humanos. Estatuas heladas en el jardín botánico. Bea no ha movido un músculo y se ha quedado impertérrita mirándolos. Mi curiosidad es total. Salto la pequeña verja. Bea me sigue.
-¿Qué hacemos?
-No lo sé. Quiero verlos.
Algunos están cubiertos por capas de nieve más gruesas que otros. No llegaron aquí al mismo tiempo. No hay marcas recientes en el suelo. Ando lentamente, no quiero dar un mal paso y caerme. Por lo que sé es un cementerio antiguo, de tiempos de la guerra, pero aún así no me gustaría caer en una tumba abierta. No dejo de pensar en cadáveres congelados, en huesos frescos.
-¿Por qué están aquí? No entiendo nada. - murmuro retóricamente. La mirada congelada de uno de ellos me hipnotiza. Ha parado el tiempo. Sería fácil confundirle con alguien normal. Excepto por sus ojos en blanco. Acumulo algo de valor y me acerco más. La nieve le ha abrazado vorazmente, una finísima capa de hielo translúcido le recubre la piel de la cara. Luce un color amoratado, su nariz está casi negra. Está de pie, enterrado hasta las rodillas por la nieve. Sus brazos caen relajados al lado de su cuerpo. Está igual de tieso que una farola. Más frío que una gamba perdida en una nevera de ultramarinos. Bea se ha puesto la mascarilla de papel en la boca y ha sacado la pala de la mochila. Le aparta la nieve de hombros y cabeza. Confirma que es un hombre (el primero que veo desde Vecino Ensangrentado), rubio, con barba de dos días, de veinticinco a treinta años, viste un plumón azul marino con agujeros de bala y sangre reseca en el hombro izquierdo y a la altura del corazón. Y aún así, ahí lo tienes, con dos cojones, de pie frente a nosotras aguantándonos la mirada. Casi siento lástima por él. Al menos el frío puede con todo, incluido lo que sea esto. Eso nos facilita las cosas, sobretodo en Finlandia. Por un momento, me alegro tanto que doy minisaltitos y estoy a punto de abrazar a PolodeLimón. Y lo imposible ocurre. Sus ojos me siguen y su boca se abre.
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