miércoles, 20 de marzo de 2013

Brote 22: Punto de encuentro

La piel alrededor de su ceja estaba seca, tirante, áspera. Los puntos le picaban, estaban secos, al día siguiente debía ir a que se los quitaran. Otra cicatriz más, pensó Javi. Acabó de colgar el cuadro y se alejó para mirarlo. La verdad es que Els Genis estaba quedando como nuevo. Lara se acercó con un par de cervezas frías, se merecían un descanso. Le había confesado a Javi la situación en Rusia y algunas novedades esperanzadoras, como que Vicenç había abandonado su ciudad (no sin peligro) y llegado a Moscú. Desde allí, sólo estaba a unas horas de vuelo hasta Barcelona. Lara sonreía. Nada mejor que una fiesta de bienvenida en Els Genis para Vicenç.

Aunque la cobertura en el bar fuera escasa, Javi revisaba una y otra vez su móvil, ávido de información sobre los últimos sucesos en Europa. Parecía que el caos se había apoderado del nordeste del continente. Enfermedad contagiosa, lo llamaban. Hundimiento del sistema capitalista, decían otros. Disturbios, corralitos y censura mediática, pensaba Javi. Hacía horas que corría el rumor de que se había instaurado el estado de sitio en media Europa. Sus padres se habían ido a pasar un tiempo al pueblo, y tal y como estaban las cosas, no le parecía mal, aunque él prefiriese quedarse al  pie del cañón. 

Els Genis estaba situado en un sótano en primera línea de mar, en la rambla de Badalona, era oscuro, pequeño y no disponía de ventanas. Se accedía a él por un ascensor que funcionaba cuando quería y por una puerta trasera que daba a una calle peatonal. También tenía una pequeña tarima que hacía veces de escenario para artistas, poetas, músicos y todo aquél que tuviera algo que decir. En sus paredes se exhibían obras desconocidas y underground, aquel bar rezumaba talento. Después de varias disputas con los vecinos y meses de lucha para conseguir los permisos denegados por el ayuntamiento, Lara había conseguido poder reabrirlo. Se lo había ocultado a Vicenç, quería darle una sorpresa cuando llegase de Moscú. Ella, con su perfecto manejo de la coctelera, con sus años de experiencia en bares de alto standing, tenía en mente reflotar el negocio, ofrecer un servicio tan excelente que nadie se negaría a volver a su bar. Su bar. Había soñado con tener su propio bar desde que era una adolescente. Sonreía. Todo saldría bien. De un momento a otro, Vicenç la llamaría para confirmar la hora de llegada de su vuelo y el resto de la Manada tampoco tardaría en llegar. Sería una noche memorable.


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