lunes, 25 de marzo de 2013

Brote 24: Descubrimientos

El metro estaba extrañamente vacío. Eli arrastraba su muleta cubierta de sangre. Andaba decidida pero en un estado semicatatónico, con la mirada perdida. Empapada de una mezcla de agua, orín, sangre y fluidos varios, se montó en el vagón. El convoy transportaba a un par de señoras mayores adormiladas a un par de metros de donde Eli se sentó. Vió su reflejo en el cristal de la ventana de enfrente. Delgada, de piel pálida, con sus ojos negros grandes y perdidos. Se miró fijamente. Vomitó.

***
Sara pasó toda la mañana y parte de la tarde encerrada en un armario de la cocina de la escuela. Ahí dentro pudo escuchar con todo detalle el deglutir de esos pequeños monstruos, cómo comían en silencio, cómo no decían nada, cómo se movían de manera ágil unos y torpe otros. Eran tan silenciosos que parecía que no estuvieran ahí. Por la tarde se desató la tragedia. Profesores y alumnos volvían a clase para seguir estudiando, y más tarde, padres y familiares iban a buscar a los alumnos. Sara no podía ver nada, pero lo escuchó todo. Cómo los niños diabólicos salieron en silencio hacia el resto de la escuela. Cómo la gente empezó primero a correr y luego a gritar, cómo más tarde los gritos cesaban. Y se hacía el silencio de nuevo. Ese ciclo se repitió unas cuantas veces y para entonces la cosa ya se había salido de madre. La policía llegó, empezaron a disparar a diestro y siniestro, se escuchaban sirenas por todas partes, órdenes por megáfonos y más tarde, nada. Sara, que llevaba más de cinco horas empotrada en ese armario, no se relajó. Siguió escuchando atentamente y abrió sigilosamente el armario. Miró al exterior. La cocina estaba vacía. Cubierta de sangre, vísceras, casquillos y trozos humanos, pero sin ningún ser vivo a la vista. Cogió el cuchillo más grande que pudo encontrar y salió al comedor, no sin esfuerzo, ya que aún tenía las piernas entumecidas. Allí pudo observar el mismo panorama. Pero los menús infantiles seguían intactos. Puré de patatas regado con trozos de cráneo. Llegó al hall principal de la escuela. Aquello era una masacre. Unos diez niños de diferentes edades yacían en el suelo con las cabezas reventadas a balazos. También habían profesores conocidos, policías y un par de tipos vestidos como si fueran a limpiar chapapote. No todos tenían disparos en la cabeza. Corrió hacia el patio exterior, llegó a la verja de la escuela, que había sido recubierta y aislada con un plástico blanco translúcido como medida de contención. ¿Debía salir? ¿Qué o quién habría al otro lado? En el pequeño campo de fútbol del patio, un par de adultos se estaban levantando en silencio. Sara no dudó más. Clavó el cuchillo en el plástico, hizo un agujero, salió corriendo y no miró atrás.

***

Judith se agachó a por su café, y al enderezarse, chocó con la nueva becaria. Se disculpó casi sin mirarla y se dirigió a su planta rápidamente. Al salir del trabajo, una vez en la calle, había follón. Sirenas, griterío, policías... hasta algún manguerazo calle abajo. Judith pasaba de la historia. Ya había tenido suficiente movida en la última manifestación a la que fue. Ni que se estuviera acabando el mundo. Sólo quería llegar a casa y fumarse un porro. Entonces recordó que ésa noche era la fiesta de bienvenida de Vicenç en Els Genis. No pasaría por casa, entonces, iría directa al bar.

***

Javi estaba en la calle, en la puerta dels Genis, intentando cazar algo de cobertura, pero no había manera. Las noticias en Europa habían empeorado drásticamente en las últimas horas. Se hablaba de la destrucción de la Unión Europea, del sistema monetario, incluso circulaban rumores sobre algún tipo de guerra civil o golpe de estado relámpago en algún país del este, pero nada era seguro. A su vez, en España la situación era cada vez más crítica, con disturbios y manifestaciones violentas. Nos acercábamos a un cambio de sistema, eso estaba claro. La censura y la desinformación desde el gobierno era cada vez más escandalosa. A Javi le preocupaba no tener señal. ¿Habrían sido capaces de capar internet, esos fascistas del gobierno? Entró enfurruñado al bar, que estaba cerrado al público para la fiesta de Vicenç y encontró a Lara acabando de meter botellines de refresco en las neveras. Lara sonreía de oreja a oreja sin poder evitarlo. El amor de su vida estaba al llegar. Y ésta vez se quedaría para siempre. Lara había comprado Els Genis para compartirlo con él, para que no tuvieran que estar separados nunca más. Estaba más que segura que Vicenç no se lo esperaba. ¡Qué contenta estaba la pequeña Lara, podría ser capaz de levitar! Justo entonces, apareció Sara con un cuchillo en la mano. 

Después de beberse un par de vasos de agua enteros casi sin respirar, Sara les contó todo lo que le había pasado. Javi y Lara no daban crédito. Sara había acabado en el bar porque al huir se dió cuenta de que no tenía las llaves de casa. Ni nada más que un cuchillo jamonero en las manos. Un bar subterráneo sin ventanas le pareció un buen refugio. Lara había ido perdiendo la sonrisa a medida que avanzaba el relato de su amiga y un mal presentimiento se fué adueñando de su espalda. ¿Vicenç estaría bien? Mientras, Javi estaba pensando una y otra vez en razones para asaltar de manera armada un colegio y matar hasta al apuntador. Pensaba que la historia de los niños caníbales no era más que una invención de Sara, un falso recuerdo creado ante el estrés de una situación semejante. A él la historia le sonaba mucho más a represión policial por las quejas del mundo educativo por los recortes que el gobierno estaba llevando a cabo. Ya habían pasado casos similares en Grecia. Pero Sara estaba muy segura sobre qué había visto. Lara se dirigió hacia la puerta, necesitaba tomar el aire. Se encontró de bruces con Eli, que cargaba su muleta ensangrentada como si fuera un fusil al hombro y se acercaba al grupo con mirada seria y dura.
-Sara tiene razón. Tiene razón en todo.


No hay comentarios:

Publicar un comentario