martes, 12 de marzo de 2013

Brote 21: Instantes

Hoy Sara ha ido como suplente de monitora de comedor a una escuela primaria. La misma donde ella estudió de pequeñita y donde conoció a muchos de sus amigos actuales. No era un curro que la apasionase, pero últimamente todo el mundo parecía enfermo y ella tenía que pagar el alquiler. Llevaba un par de meses mustia y pensaba en dar un cambio radical a su vida. Quería ver mundo, desconectar, recuperar energías. Pero allí estaba, rodeada de... wait a second. ¿Dónde están los niños? El comedor estaba vacío, ni niños ni monitores. Las mesas estaban llenas de menús infantiles intactos y todo estaba en orden excepto por un par de sillas tiradas por el suelo, cercanas a la puerta de la cocina. Qué raro todo. ¿Habían hecho un simulacro o qué? Sólo llegaba diez minutos tarde... De repente, un ruido metálico salió de la cocina. Entró. Algunas cacerolas gigantes seguían al fuego. Un cucharón de sopa rodaba por el suelo. Y allí estaban. Una masa de unos treinta niños mascaban algo agazapados en el suelo, en grupo.
-Què feu aquí al terra?- Preguntó Sara. 
Cuando los niños se giraron a observarla, con sus pequeñas batas ensangrentadas, sus ojos en blanco y con trozos de cocinera y monitores esparcidos aquí y allá, Sara reprimió un grito.

***

Judith iba de culo. No tenía tiempo para nada. Trabajaba seis días a la semana en dos curros diferentes. Además ensayaba con su banda y no dormía demasiado. No era extraño verla deambular con grandes ojeras sin prestar demasiada atención a casi nada. En su primer trabajo, tenía la oportunidad de esconderse en su cubículo de teleoperadora, ponerse las gafas de sol y los auriculares y fingir que trabajaba mientras dormitaba. Su jornada allí pasó rápido y al salir de la oficina no se percató de que estaba completamente vacía, desordenada, abandonada. Que no sonaba el hilo musical habitual, sólo el zumbido de los ordenadores, que nadie la había llamado en todo el día, que al guarda de seguridad al que saludó levantando levemente la cabeza al salir, le faltaba medio brazo y que se acercaba a ella con los ojos en blanco y la boca abierta. En su segundo curro, el ambiente era parecido. Pero Judith era feliz en su cubículo, en un estado de duermevela que acabó cuando se escaqueó a la máquina del café. Más valía despertarse un poco. Cuando llegó al pequeño hall donde estaban todas las máquinas de vending se dió cuenta de que le faltaban diez céntimos. Juraría que llevaba monedas suficientes. Encontrar algo en los estrechos bolsillos de sus pitillos siempre era difícil. La nueva becaria le daba la espalda, tenía la cabeza apoyada en la máquina de snacks. Buen culo, pensó Judith.
-No cojas ningún sandwich, están más secos que la mojama. Oye, no tendrás diez... ah, no, nada, ya tengo yo.
Judith se agachó a por su café justo en el momento en que la nueva becaria, con sus ojos blancos, se giró a por ella.

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