Orimattila permanecía en silencio, oscura, tranquilamente impasible al paso del tiempo y a la nieve que la colmaba. No muy diferente a como se la veía en condiciones normales. Cuando llegamos a casa de los padres de Teemu yo estaba al borde de la inconsciencia. Bea me llevaba a rastras, portando mi equipo y animándome a cada paso, intentado no desfallecer ella misma. Las luces de la casa estaban apagadas y la puerta principal cerrada. Le señalé como pude a Bea que siempre guardaban una llave extra en el garaje. La encontró y abrió la puerta. Me desmayé.
Cuando desperté, olía a sopa y a café caliente, unos cuantos maderos crepitaban al fuego de la chimenea del salón y yo estaba tapada hasta la nariz en el sofá de mis suegros. Me dolía hasta el alma y por un momento dudé hasta de mi nombre. Tenía una bolsa de agua caliente encima de la tripa. Bea asomó la cabeza desde la cocina.
-Ya era hora, dormilona. ¿Quieres un poco de sopa calentita?
-¿Qué hora es?
-Hora de cenar española. Por suerte no has estado out mucho tiempo. Me tenías un poco asustada, señora mujer. - Bea y su sonrisa. Sería capaz de animar al más triste de los mortales. Acababa de pegarse una caminata extrema cargada como una burra y ahí estaba, como si nada. Sonreí y al reincorporarme grité de dolor. Las manos me ardían y no me sentía el pie derecho.
-He intentado quitarte las botas, pero creo que tienes los pies demasiado hinchados y me daba miedo hacerte daño. - Mis manos eran de color púrpura, parecían de cera y sentía como si mil alfileres clavados en el interior quisieran salir de ellas. No quería ni imaginar qué pinta tendría mi pie derecho. Le pedí a Bea que me quitara las botas, ya que tocar cualquier cosa me hacía ver las estrellas. El pie izquierdo estaba perfecto, tenía un par de rozaduras aquí y allá, pero nada grave. El derecho, por el contrario, daba miedo. Totalmente hinchado, las puntas de tres dedos (gordo, índice y corazón) estaban negruzcas y el resto del pie de un color blanquecino o rosáceo. Me acojoné de verdad. Bea puso cara de poker. Mierda, mierda, mierda. Aquello era congelación de segundo grado, por lo menos.
-Te lo pondré en agua caliente, ya verás como entra en calor. Toma, tómate un poco de caldo mientra caliento más agua.- Rodeó un bol de sopa con un trapo y lo colocó con cuidado entre mis manos. ¡Ay! Sorbito a sorbito miré a mi alrededor. La sala estaba caliente, iluminada por la chimenea con luz cálida. Todo parecía ordenado. Y desoladoramente vacío. Teemu no estaba aquí. Ni mis suegros. Ni el gato. Bea me contó desde la cocina que había encontrado un montón de ropa de abrigo y que había una buena reserva de comida en la despensa. No teníamos electricidad pero por suerte la cocina era de gas, la sauna de estufa tradicional y tenían pozo propio de agua. Como casi todas las casas antiguas en Finlandia. Nos quedaríamos allí hasta que me recuperase. Planearíamos mejor nuestra escapada. Cogeríamos fuerzas. Eso si no perdía el pie o me moría de gangrena. Joder. Bea volvió y puso un pequeño barreño en el suelo, frente a mi. Metí el pie. Trajo otro barreño y metí las manos. Dolor.
Ya hace dos semanas que llegamos a Orimattila. Bea ha estado yendo y viniendo del centro del pueblo, en busca de supervivientes, medicinas, materiales y estrategias de escape. Mis manos están mucho mejor, al día siguiente de la congelación me salieron unas ampollas importantes que no me dejaban mover los dedos demasiado, pero ahora casi han desaparecido. Ya no me duelen tanto. El pie por el contrario no parece haber cambiado mucho de aspecto, aunque he recuperado sensibilidad en el talón y en la planta (no así en las puntas de los dedos afectados). Estoy tomando un antibiótico de amplio espectro y sigo metiendo el pie en agua caliente con yodo dos veces al dia, aunque no sé si es lo que se debería hacer en estos casos. Lo llevo vendado en gasa estéril, como mis manos, para que no se infecte. Bea ha encontrado las antiguas muletas de Teemu pero no puedo utilizarlas hasta que pueda usar mis manos completamente, así que no hago mucho más que ser un mueble de la casa. Y pensar. Pensar mucho. Pensar demasiado. He encontrado un viejo cuaderno en blanco. Me gustaría tanto poder escribir en él...
Si en un par de días mi pie no mejora, le diré a Bea que se marche sin mí.
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