viernes, 8 de marzo de 2013

Brote 19: Lo dejo todo... pero dime ven.

Estoy en Orimattila. No sé cómo pretendo salir del país, si llegar hasta aquí casi me cuesta un par de dedos.

No pudimos enviar ninguna señal desde las dos torres, ni siquiera llegamos a entrar en ellas, ya que huímos como ratas de los zombis del cementerio. Paso de llamarles infectados, bicharracos, monstruos o enfermos, no sé qué les pasa, ni por qué, pero están muertos y caminan, así que para mi son zombis de manual. No voy a esperar a que nadie me explique que si les doy en la cabeza se están quietos, ya lo sé, he visto treinta mil películas y he leído unos cuantos libros y La Del Peto es buena prueba de ello. No tengo remordimientos, han dejado de ser personas. O tú o yo. O tú o tú. Si hay que reventar cabezas, se revientan. En fin, que corrimos despavoridas hacia el Porompompero y nos metimos de cabeza en él. Por suerte, lo habíamos cargado la noche anterior, así que arrancamos y nos dirigimos hacia Orimattila.


23 kilómetros. No tardamos ni dos en quedarnos atrapadas en la nieve. El pequeño Poropompero no era lo más adecuado para circular entre aquel montón de nieve acumulada. Hubiéramos necesitado un tractor quitanieve para poder avanzar por allí. Un hurra por nosotras. Dos opciones se abrían ante nosotras. Volver a Lahti y preparar otro plan de huída o seguir adelante y caminar hasta Orimattila. Mi yo chinorri gritaba vuelve a casa y tápate con una manta. Bea también opinaba que era mejor volver y prepararse mejor. Pero mi yo disociativo no quería volver atrás. Sabía que debíamos salir del país cuanto antes, que debíamos avanzar siempre hacia el sur, que estábamos solas, que mi casa estaba muy lejos, que mi corazón también, que atrás sólo quedaba desolación y muerte y que delante nos esperaba la incertidumbre pero también la esperanza. Había llegado el momento de decidir, de ser valientes, de vivir. Después de transmitirle mi discurso a Bea y de llenarnos de optimismo efímero, cargamos con todo el equipo que pudimos, nos calzamos las raquetas de nieve y empezamos a alejarnos del Porompompero. Seguiríamos la carretera antigua que unía las dos ciudades y según mis cálculos tardaríamos unas seis horas en llegar a Orimattila, sobre las seis y media de la tarde. Sólo nos quedaban cuatro horas de luz. Luego la oscuridad total. La temperatura podía llegar a bajar diez grados una vez el sol se ponía. Sólo deseaba no tener que acampar por el camino.

Andar con raquetas es incómodo y lento, el peso de las mochilas y el frío extremo tampoco ayudan. Me sentía como un pollo sin cabeza. Me faltaba el aire, me costaba respirar por la nariz y el frío me helaba los labios, la lengua, los dientes. Los mocos se me caían por los morros como cascadas díscolas, intentar respirar era como tragar esparto. Bea no parecía estar pasándolo mejor. Su nariz estaba lila, sus ojos azules como un cielo despejado brillaban y guardaban sufrimiento. Andábamos en silencio, tropezando y hundiéndonos cada dos pasos en la nieve. Era difícil situarse o saber por dónde seguía la carretera. A ese paso no llegaríamos nunca. Me gustaría haber podido hablar con Bea. Decirle lo que pensaba, hablarle del miedo que tenía. Pero algo me bloqueaba. Yo ya no estaba ahí. Yo estaba en Badalona. A salvo. En Els Genis. Tomando una cerveza apoltronada en el sofá de la esquina con mis amigos, caliente, segura, intocable. Yo nunca volvería a Finlandia. Yo saldría de ése infierno helado, fuera como fuera, costase lo que costase, aunque el frío me robase un dedo, dos, un pie, un brazo, las orejas, la nariz, me daba igual. Yo viviría. Yo viviría. Ya me encargaría Yo de eso. Seguí en silencio.

Tenía los labios tan agrietados que empezaron a sangrarme. Ni me di cuenta. Hacía rato que no me sentía gran parte de la cara. Es curioso como el frío extremo afecta a los sentidos. Al menos no soplaba el viento. Habríamos muerto en medio de una ventisca, estoy segura. Somos del sur, no solemos estar preparadas para travesías polares rodeadas de monstruos de serie B. Pasamos por al lado de unos cuantos montáculos de nieve que parecían cubrir coches. Estuve tentada a desenterrarlo un poquito, pero ¿qué esperaba encontrar? ¿Un coche vacío? ¿Una familia de zombis congelados esperando que un par de idiotas les visitasen? No valía la pena, pero mi cerebro bullía imaginándose las posibilidades. Yo que siempre he sido más de vampiros, voy y acabo en medio de un apocalipsis zombi. Y en Finlandia. Si al menos estuviera en casa, estaría matando bichos con estilo, a cámara lenta junto al Matriarcado, con alguna canción de Tarantino de fondo. Pero no. En la puta fría Finlandia de los cojones. En medio de la nada, con los pezones de granito. ¡Ole tú! ¡Ole tú!

Anocheció y empezó a nevar con fuerza. El cielo estaba encapotado y no había ni rastro de estrellas o de la Luna. Siempre me ha fascinado el silencio de la nieve. Ver caer algo del cielo que cuando toca el suelo no hace ningún ruido. Me parece mágico. Una lluvia de plumas. El único ruido a nuestro alrededor eran nuestros pasos, el crujir de la nieve al pisarla, con su crunch crunch característico. Con nuestros pequeños frontales led todo resultaba muy lúgubre. El suelo brillaba como una alfombra de diamantes, los copos de nieve cayendo ante nuestros ojos se parecían a motas de ceniza gigantes y los árboles parecían altas torres oscuras. Un crematorio nazi. Creo que pisé donde no debía y me hundí hasta la cintura. Bea estiró y estiró de mi brazo, pero mi pie derecho estaba bien hundido y la raqueta se había enganchado a algo. Estuvimos más de veinte minutos intentando sacarme de ese agujero. Cuando lo logramos había perdido una raqueta y estábamos completamente agotadas. Llevábamos más de siete horas de caminata y aún nos quedaban cinco kilómetros. Nos parecían cien. Además, sin raquetas yo tardaría el doble, ya que prácticamente debería nadar entre la nieve para avanzar. Rompí a llorar. Estaba exhausta. No podía más. Estaba tiritando, el frío me había calado y no sentía ni el pie derecho ni los dedos de la mano, era como si hubieran dejado de existir. Un hormigueo extraño recorría mi espalda. ¿Se congelarían mis lágrimas antes de llegar al suelo? Bea me abrazó.
-Tienes una pinta horrible.
-Mi raqueta se...
-Tu raqueta soy yo. Apóyate en mi y anda antes de que se te congele ese culo de melocotón que tienes.

Se sacó el protector labial del bolsillo, me pintó las dos costras ensagrentadas que tenía por labios, dijo "mucho mejor", me besó y recorrimos los últimos kilómetros hasta Orimattila con más pena que gloria.

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