martes, 12 de marzo de 2013

Brote 20: Una libra de carne

Aunque el recuento oficial de asistentes a la manifestación de Barcelona variase totalmente según a quién preguntases, en algo estaban de acuerdo: 127 muertos y más de 800 heridos de diversa gravedad. Entre ellos; Javi, con una ceja rota y una pequeña conmoción cerebral a causa de un porrazo, Judith, con un pelotazo en los riñones que le hizo mear sangre durante unos días, Sara y Lara con diversas torceduras, esguinces en un par de dedos y magulladuras generales. La mejor parada fue Eli, quien sólo recibió unos cuantos golpes y pudo ayudar a sus amigos a salir de aquél infierno y recuperarse.

Podía palparse la estupefacción, el shock, la tensión, el miedo en las calles. Aquello había sido muy gordo. Y no auguraba nada bueno. Nada. Ellos, la Manada, el Matriarcado, habían estado allí. Esa experiencia les había afectado, les había cambiado. Una cosa era teorizar sobre la revolución, llenarse la boca en charlas de bar con la idea de una lucha armada contra un sistema injusto y corrupto. Otra cosa era ser carne de cañón. Aunque nunca lo hablaron abiertamente, cada uno de ellos, inconscientemente, decidió adoptar un perfil bajo hasta que las cosas se calmaran un poco. Eli ocupaba su tiempo con las prácticas de la universidad, Judith y Sara trabajaban y Javi, que estaba en paro, ayudaba a pintar y redecorar Els Genis, el bar que regentaba Lara. 

***


Me gustaba mucho más hacer las prácticas en Instituciones Penitenciarias. No es que no me gusten las politoxicomanias, pero a veces vienen tan colocados que no hay manera de hablar con ellos. Como este prenda que tengo delante. Va tan morao que a penas se aguanta en la silla. Mirada en blanco hacia el techo, boca abierta, solo le quedan tres dientes amarillos, uno arriba y dos abajo. Si cerrase la boca encajarían como piezas de puzzle. Pelo largo, negro, de rockero de los 80 (en mi cabeza suena "The final countdown"), mejillas hundidas, ojos grandes, ropa oscura y sucia, alto, 40 kilos de peso. Peso plumica. Miro su historial. Se mete de todo, tiene de todo. Nuestras miradas se cruzan.
-Emmm... Carlos, ¿no? Yo soy Eli. Hacía tiempo que no venías por aqui.
-Grrrrr... Ahhh... Assss...
Carraspeo y apoyo la espalda en mi asiento. Esto va para largo. Mi muleta descansa en la esquina del despacho, al lado de la fuente de agua. Hoy antes de salir de casa la he cogido y no se por qué. De repente, Carlos empieza a ahogarse con su propia saliva y a toser muy fuerte. Me levanto y le lleno un vaso de agua. Su mano decrépita me agarra fuertemente y le doy unos golpecitos en la espalda. Tose un poco más y parece que se recupera. Al menos no me ha vomitado encima, como la de ayer. 
-¿Quieres un poco más de agua?
Vuelvo a la fuente de agua y le relleno el vaso. Crujido de huesos. La silla chirría, el vaso de agua cae al suelo. Carlos se ha avalanzado sobre mi, he perdido el equilibrio y he caído al suelo, junto con la fuente de agua. Él cae sobre mi, babea. ¿Pero qué está haciendo? ¿Qué pretende? El suelo resbala, estoy empapada de agua y Carlos mordisquea el aire peligrosamente cerca de mi cuello. Para ser peso plumica pesa como un muerto. Mientras le aparto como puedo con un brazo, con el otro cojo mi muleta, que ha caído cerca de nosotros. 
-Carlos, quita, coño. Quitate de encima, joder, ¡que me haces daño!
Carlos emite un ronquido grave, una respiración atropellada, y no hace ni caso a lo que le digo. Consigo poner el extremo de mi muleta en su pecho y apreto para separarlo de mi, haciendo palanca. No para quieto, una fuerza misteriosa le atrae a mi como un imán, no para de morder el aire con esos dientes de hámster, chasqueando una y otra vez. La muleta, que la tiene apoyada en su pecho izquierdo, se resbala, y con toda la fuerza de su peso cayendo, se le clava por debajo de la mandíbula y le sale por el ojo derecho. Algo me moja la cara. Carlos se ha quedado quieto. Creo que me he meado encima. Me aparto rápidamente de él. Le doy la vuelta a Carlos. Me dan arcadas. Tiene mi muleta atravesada en la cara, pero aún se mueve. La mierda que se haya metido tiene que ser muy buena para no estar agonizando de dolor. Descuelgo el teléfono mientras él se levanta con la muleta colgando y vuelve a por mi.

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