Una vez en el centro de la ciudad, el panorama era desolador. Pavoroso, díria yo. Un par de camiones de transporte del ejército yacían quemados en medio de la plaza mayor. Puntas de fusiles olvidados sobresalían de la nieve aquí y allá. Nadie había circulado por allí al menos en un día, ya que la capa exterior de la nieve se mantenía inmaculada. Las tiendas y restaurantes parecían abiertos, pero solitarios, vacíos y desordenados... Las puertas automáticas de la farmacia central estaban abiertas y la nieve se había colado dentro. Me pareció buena idea entrar a por medicinas, todo aquello me tenía acojonada. Algunos estantes estaban tirados, pero por lo demás, todo parecía normal. Excepto, por supuesto, allí no había nadie. ¿Sería yo, una pringada del tres al cuarto, la última persona de la Tierra? Metí en la mochila gasas, vendas, yodo, antipiréticos, crema para las quemaduras, protección solar, vitaminas, una caja de tampax y protector labial. Me costó Dios y ayuda encontrar algo más fuerte que un paracetamol, pero al subir al almacén del segundo piso, di con el tesoro: antibióticos a mansalva, opiáceos y material de sutura. Lo metí todo en la mochila y decidí ir al centro comercial. Si esto era el Apocalipsis, más valía que me pillara con la nevera llena. Además acababa de invadirme una sensación de desapego total. Había salido de mi cuerpo, el trastorno disociativo me había poseído. Seguro que de ésta no salía, así que con dos cojones, a disfrutar del fin del mundo.

Cuando llegué a las puertas de cristal del centro comercial, estaban cerradas. Mi gozo en un pozo. Suerte que llevaba el stick de floorball conmigo. Le pegué un par de golpes al cristal y lo único que conseguí fué mucho ruido. Entonces se me ocurrió que quizá no estuvieran cerradas, si no congeladas. Así que rasqué todo el hielo posible de entre las dos puertas, metí el mango del stick y hice palanca. ¡Tachán! Pude hacerme hueco. Contenta por estar a cubierto (ya tenía el culo congelado), empecé a pensar en la de veces que había querido estar sola en unos grandes almacenes. Hacer la de Amanecer de los muertos. Bajé una planta y entré al supermercado. Algunos carros estaban abandonados en los pasillos a medio llenar. Incluso habían productos en las cintas de las cajas. Un hilo musical hacía la escena aún más inquietante. Los productos frescos no parecían tan frescos y por alguna razón, las neveras habían dejado de funcionar (no así el resto de cosas eléctricas del centro comercial). Me dirijí al pasillo de conservas y primero cogí unas cuantas latas. Luego caí en el error. Las latas pesan demasiado. Mejor sobres y alguna que otra lata suelta y necesaria. Sopas instantáneas, pastas liofilizadas, carne ahumada, cremas, pescado en conserva, fruta en almíbar... Bien racionado tendría comida para un mes. Sabía que no era suficiente, pero era todo lo que podía cargar con esa mochila. Volvería a por más. Debería darme prisa, quedaba menos de una hora de luz y quería volver a casa.
Subí de planta y me pasé por una tienda de jardíneria y bricolaje. Cogí un par de linternas, un frontal, un chubasquero, montones de pilas y una pala plegable como las que usan en el ejército. Después entré en la tienda de deportes. Cambié la chaqueta que llevaba por otra y cogí un mono que utilizaban en travesías polares. También escogí unos nuevos guantes, gorro, ropa interior térmica y gafas para la nieve. Me acerqué a la sección de botas de esquí y entonces la vi. Una chica rubia con el peto de la tienda puesto estaba de espaldas a mi. ¡Casi doy un salto de alegría! ¡Alguien! ¡La primera persona que veo en días! ¡No estoy sola! Tan solo estaba a medio metro, no estaba soñando. Solté un sonoro "Moi" caminando hacia ella. Y entonces se giró. Paré en seco. Mi sonrisa se esfumó. El alma se me cayó al suelo. Ella tenía la misma mirada blanca y vacía que Vecina Siniestra. Su boca abierta, sus manos alzándose hacia mi. Y esa mancha. Esa mancha negruzca y horrible en medio del cuello. Como una laringectomía supurante. Retrocedí inmediatamente. Yo no sé si era el virus del Nilo, del Ébola o de su tía en bicicleta, pero ésa bicharraca no se me acercaba más. Sin pensar demasiado, cogí un palo de esquí y lo interpuse entre nosotras. Ella siguió avanzando hasta que se clavó la punta en el esternón. Intenté comunicarme con ella en todos los idiomas posibles. No me contestó. No emitió ningún sonido. No se la oía ni respirar. Una mujer silenciosamente parecida a un muerto viviente seguía apretándose contra el palo de esquí. De hecho, se estaba ensartando cual pincho moruno sin decir ni mú. Eso tenía que ser mortal de necesidad. Ahí volví a perderme, solté el palo y la dejé tambaleándose por seguirme, agarré un bate de béisbol y la golpeé en la cabeza. No fué como en las películas. No saltaron trozos de cerebro por los aires, no le dí treinta veces hasta hacer pulpa de melón. Sólo le di una vez, en el lado izquierdo de la cabeza. Sonó un crack. Y eso fué todo. La Del Peto cayó de lado y no se movió más. Solté el bate, cogí mis cosas y me largué.
Hay que ver, cómo está la vida.
Y quien no ha soñad con que el apocalipsisi le pille cerca de un centro comercial??!!Hay que ver como está la vida...jajajajaja
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